Memorias sin fronteras.
Paradigmas y desplazamientos de la desaparición entre dos sures:
imágenes migrantes y epistemologías otras del habitar
Susanna Nanni (*)
Resumen
El artículo propone una lectura transnacional de la desaparición a partir del cruce entre el pasado reciente argentino y el presente mediterráneo. Desde un lugar de enunciación situado en el Mediterráneo, entendido como “necro-mar”, se examinan los desplazamientos del paradigma de la desaparición hacia las actuales formas de violencia fronteriza, invisibilización mediática y deshumanización de los migrantes. A partir de Gabriel Gatti, Pilar Calveiro, Judith Butler, Étienne Tassin, Iain Chambers y otros autores, el trabajo analiza la desaparición como régimen de producción de ausencia y como tecnología de gobierno de la movilidad humana. En este marco, las representaciones artísticas y documentales permiten interrogar los modos en que la memoria se activa en el presente. El artículo se detiene especialmente en El cielo sobre Riace (2020), de Damián Olivito, donde la hospitalidad, la memoria migratoria y la restitución de rostros, nombres e historias configuran una práctica de resistencia frente a la desaparición. Riace emerge así como laboratorio de otras epistemologías del habitar, capaz de articular memoria, representación y formas concretas de convivencia.
Palabras clave: Desaparición; Memoria transnacional; Mediterráneo; Migración; Representaciones artístico-literarias.
Memories Without Borders. Paradigms and Displacements of Enforced Disappearance Between Two Souths: Migrant Images and Other Epistemologies of Dwelling
Abstract
This article offers a transnational reading of disappearance through the intersection between Argentina’s recent past and the contemporary Mediterranean. From a situated place of enunciation in the Mediterranean, understood as a “necro-sea”, it examines the displacements of the paradigm of disappearance toward current forms of border violence, media invisibilization, and the dehumanization of migrants. Drawing on Gabriel Gatti, Pilar Calveiro, Judith Butler, Étienne Tassin, Iain Chambers, and other authors, the article approaches disappearance as a regime for the production of absence and as a technology for governing human mobility. Within this framework, artistic and documentary representations make it possible to question the ways in which memory is activated in the present. The article focuses especially on Damián Olivito’s documentary El cielo sobre Riace (2020), in which hospitality, migratory memory, and the restitution of faces, names, and stories become practices of resistance against disappearance. Riace thus emerges as a laboratory for other epistemologies of dwelling, articulating memory, representation, and concrete forms of coexistence.
Key Words: Enforced disappearance; Transnational memory; Mediterranean; Migration; Artistic and literary representations.
Memorias sin fronteras. Paradigmas y desplazamientos de la desaparición entre dos sures: imágenes migrantes y epistemologías otras del habitar[1]
La memoria como posibilidades o exigencia de un existir hoy
nos vuelve responsables a cada uno y colectivamente de esa
memoria. La memoria se juega en lo que hacemos hoy. La
memoria se juega en la existencia concreta de las sociedades,
de los grupos y de las personas. No necesariamente como instrumento
para algo, sino como lugar de vivencia para algo.
Schmucler, La inquietante relación entre lugares y memorias, 2006
Escribo desde el Mediterráneo, antigua cuna de civilizaciones, confluencia fluida y porosa de identidades y culturas, cruce de rutas y pueblos, que en las últimas décadas se ha ido configurando como un “necro-mar” (Nanni, 2020): mar de muertos sin nombre, sin esperanza, sin sepultura, vidas hundidas en sus abismos, en la indiferencia social, en el silencio mediático, en la manipulación política. Desde este lugar y tiempo, con la mirada hacia el modelo constitutivo de la desaparición tal como se dio en el contexto latinoamericano, y particularmente argentino, a partir de los años 70 del siglo pasado, surge la urgencia de repensar el fenómeno migratorio actual como cuestión epistemológica que desborde confines predefinidos, según un orden consolidado que insiste en la escisión entre un “nosotros” y un “ellos”, entre centro y periferias; un orden que niega el derecho al tránsito, al movimiento, al domicilio global. Este lugar de enunciación define una posición situada desde la cual la memoria de la desaparición adquiere una densidad específica, al desplegarse en un espacio donde la muerte y la invisibilización se imponen como condición estructural.
La desaparición, en cuanto táctica de exterminio que sustrae la vida de toda forma de inscripción social, simbólica y jurídica situándola en un régimen de indeterminación, atraviesa diferentes espacios y épocas, y el término que la designa la acompaña cruzando fronteras lingüísticas y conquistando territorios cada vez más lejanos de su origen. Como advierte Gabriel Gatti (2017), la desaparición ha dejado de remitir exclusivamente a las dictaduras del Cono Sur para convertirse en una categoría capaz de nombrar formas contemporáneas de desposesión, invisibilización y expulsión. El término cruza espacios y temporalidades diferentes, desplazándose hacia contextos en los que sujetos, cuerpos y trayectorias quedan sustraídos de toda posibilidad de reconocimiento:
Aparece cuando se habla de Argentina, Chile o Uruguay en los setenta, o de México o Colombia hoy; o si miramos atrás y lejos y pensamos en la guerra civil española o en el gulag ruso en los treinta, o en la Alemania nazi de los cuarenta, o en la Argelia colonial de los sesenta, o en la Camboya de los jemeres rojos en los setenta, o en Bosnia, en la guerra de los noventa. Por todas partes, en efecto, donde hubo lo que llamamos hoy “graves vulneraciones de los derechos humanos”, aparece la palabra. También aparece en otros lugares de menor densidad política, muy presentes cuando de sufrimiento se trata: las islas de Lesbos o de Lampedusa, mejor, en el mar que lleva hasta ellas, un Mediterráneo convertido en fosa para miles de desplazados, fugados, refugiados, sujetos sin nombre; o entre los nombrados como homeless o SDF, sujetos oscuros, invisibles, sujetos sin; y en el ancho territorio más allá de la verja de Melilla; o en el desierto de Arizona para los que buscan pasar al otro lado; o en las fosas repartidas por todo México para los que desean alcanzar el promisorio norte; o en los lugares de trata de cuerpos de mujeres; o en las fosas en las que yacen sus despojos, malmuertos, en Argentina, en Portugal, en México, en Chequia… también ahí se usa la palabra. Ya no hay dónde no. Son cientos, miles de casos. Millones. Viejos y nuevos, cercanos y lejanos. Todos son –o los nombramos como– desapariciones, como desaparecidos (Gatti, 2017, p. 13).
La desaparición deja entonces de designar únicamente un fenómeno político-histórico y geográficamente delimitado y comienza a operar como régimen global de producción de ausencia. Conecta la Argentina de ayer y el Mediterráneo de hoy, un aquí y un allá, en un cruce en el que el pasado se activa como clave de lectura e interpretación del presente. En este desplazamiento, el Mediterráneo aparece como uno de los espacios paradigmáticos de esa expansión semántica y política. Allí, la desaparición se produce en la convergencia entre violencia fronteriza, externalización del control migratorio, invisibilización mediática y deshumanización progresiva de determinadas vidas. El mar deja de funcionar únicamente como frontera geográfica y se transforma en dispositivo de selección, exposición y desaparición de cuerpos. Su emergencia en el contexto de las dictaduras del Cono Sur delimita un punto de condensación histórica a partir del cual se vuelve posible interpretar, nombrar y hacer inteligibles las formas en que la exclusión se produce a través de lógicas políticas que, en el presente, regulan la movilidad y desaparecen cuerpos.
Esta ampliación de la categoría de desaparición no supone equiparar dispositivos históricos diferentes. Como advierte Pilar Calveiro, resulta necesario distinguir entre las desapariciones producidas por el terrorismo de Estado y aquellas que se inscriben en racionalidades biopolíticas contemporáneas, en las que el ejercicio del poder ya no se organiza únicamente en torno al “hacer morir”: las formas actuales de ejercicio de la violencia, si bien continúan haciendo morir cuando lo consideran necesario, tienden crecientemente a “orillar, aislar, abandonar a su suerte y dejar morir a enormes masas de población antes que aniquilarlas de manera lisa y llana”, administrando así una “muerte diferida”, más distante y compatible con la indiferencia social (Calveiro, 2025: 7). Desde esta perspectiva, la productividad crítica de la categoría de la desaparición reside precisamente en la posibilidad de poner en relación configuraciones históricas distintas sin borrar las diferencias que las constituyen.
Arraigado en la conciencia del lugar de enunciación, el presente trabajo propone una lectura crítica que pone en tensión las memorias de la desaparición en la Argentina y la desaparición de migrantes en el Mediterráneo, en un movimiento que proyecta categorías elaboradas en un contexto específico hacia escenarios actuales, en una época en que se asiste a la intensificación de procesos y prácticas criminales, tanto a nivel local como global: desde el retroceso de las políticas estatales de la memoria y la educación en la Argentina, fomentado por la divulgación de narraciones negacionistas –cuando no directamente reivindicativas– sobre la época de la dictadura como metonimia de un proyecto político, social, cultural y económico más amplio; a la tragedia de la desaparición en el Mediterráneo, donde cotidianamente siguen naufragando seres humanos, junto con el concepto mismo de civilización.
La hipótesis que orienta estas páginas, por ende, parte de una idea de memoria como proceso activo, dinámico y orientado a una intervención transformadora; una memoria compartida, ética, empática y solidaria proyectada hacia el futuro; una memoria transnacional, desterritorializada y diacrónica, con el propósito de detectar continuidades y discontinuidades con las violaciones de los derechos humanos en la actualidad y en varias partes del mundo; una memoria que se reactiva en el presente como forma de lectura crítica que interroga las condiciones en las que estas experiencias se ponen en relación, se tensionan, se repiten: la indiferencia y el miedo hacia el “otro” – siempre “subversivo”, sea militante sea migrante, por representar una amenaza al orden político e identitario preestablecido – y la posibilidad de transformación que conlleva; la negación a procesar el duelo por la falta de los cuerpos (una vez más, yacentes en el fondo del mar); la eterna búsqueda de verdad y justicia de parte de madres y familiares; la invisibilización cotidiana, el ocultamiento de las informaciones, las complicidades, la impunidad (Nanni, 2025).
En las profundidades, frente a la costa de Lampedusa, a pocas millas de la meta anhelada, encontraron refugio los migrantes. Los “clandestinos”, los escondidos, hundidos en ese espacio secreto, mudo, solitario, nunca han vuelto a emerger a la luz del día. El fondo del mar se ha convertido en su última morada, tumba de sus sueños, cementerio de sus esperanzas. Sus ojos se perdieron en el abismo. Sus cuerpos, rígidos y leves, vestidos con sus mejores ropas, para el desembarco, se han disuelto en las algas. Darán testimonio. Contarán a los que vengan su errancia, acabada en el abismo de su error, Europa. Denunciarán el delito, revelarán el escándalo. El Mediterráneo ya no será el mismo de antes. Nadie podrá borrar el sepulcro de los clandestinos que el mare nostrum ha acogido en sus profundidades (Di Cesare, 2017, pp. 116-117).[2]
El fondo del mar se transforma en archivo material y simbólico de una violencia contemporánea que produce cuerpos sin inscripción, sin nombre y sin sepultura. La desaparición remite a la sustracción de toda posibilidad de reconocimiento, duelo y narración. El Mediterráneo se configura entonces como espacio en el que confluyen necropolítica, invisibilización y administración diferencial de la vulnerabilidad (Nanni & Bianchi, 2026).
De hecho, el Mediterráneo condensa hoy una de las expresiones más atroces y perversas de la tragedia humana. Antigua vía de comunicación e intercambio entre pueblos, “mar de la cercanía” (Matvejević, 2020, p. 26), se ha convertido en frontera infranqueable y mortífera, cementerio de “náufragos sin rostro” (Cattaneo, 2018), también en sentido lévinasiano.[3] Espacio en el que la vida queda sometida a jerarquías de valor y de duelo: en términos butlerianos, vidas prescindibles cuya muerte no vale la pena llorar (Butler, 2021); espacio donde la violencia deja de presentarse como excepción y comienza a naturalizarse en la normalidad misma del orden político europeo.
La expansión externalizada hacia el sur del control fronterizo europeo vuelve opaco este aparato. Acuerdos, pactos, memorandos y procesos de cooperación con países africanos y de Oriente Medio desplazan cada vez más al sur el control migratorio, dificultan la individuación de responsabilidades y trasladan el momento trágico –el rechazo, la detención, el naufragio, la muerte– hacia zonas de menor visibilidad. La desaparición se produce así como mecanismo físico, jurídico, mediático y político.[4] Más que un acontecimiento excepcional, la desaparición se configura aquí como tecnología de gobierno de la movilidad humana. La externalización de las fronteras europeas deslocaliza la violencia hacia espacios cada vez más alejados del campo de visibilidad pública, produciendo zonas de suspensión jurídica y perceptiva en las que determinadas vidas quedan expuestas a la desaparición física y mediática.
En esta dirección, Tassin define la desaparición como estrategia que permite sostener la contradicción europea entre la retórica de los derechos humanos y la política de descarte: una Europa que se proclama tierra de asilo mientras levanta muros, delega la violencia de frontera y multiplica zonas de retención. La táctica radica en la “triple invisibilización” de quienes deben desaparecer para que la democracia europea siga siendo “vivible” (Tassin, 2017, p. 105). La desaparición deja así de remitir únicamente a la sustracción física de los cuerpos y comienza a operar también como producción política de opacidad. Lo que se administra no es solamente la movilidad, sino las condiciones mismas de aparición de determinadas vidas en el espacio público: qué cuerpos pueden inscribirse socialmente, cuáles permanecen relegados a zonas de invisibilidad y qué muertes quedan fuera del campo de percepción colectiva. Sabemos lo que ocurre en África y Oriente Medio: guerras, dictaduras, persecuciones, torturas, miseria, esclavitud. Sabemos pero no vemos, para que el Tercer Mundo se mantenga en un remoto “allá” y no empiece a aparecer en el “aquí”, en el centro del llamado Primer Mundo, para que “no haya una ruptura significativa del sentido anterior de nuestras vidas, culturas y perspectivas de futuro” (Chambers, 1995, p. 14). O vemos por un instante, cuando una imagen logra atravesar la pantalla, como ocurrió con la de Aylan Kurdi, para luego volver a la inercia de una opinión pública que acepta que el Mediterráneo se haya convertido en una de las zonas fronterizas más mortíferas del mundo. Es un mecanismo de desaparición, físico y mediático, que provoca una deshumanización generalizada.
Y si ocurre que una imagen traspasa la pantalla, como en el caso del pequeño Aylan Kurdi –un nombre que hay que pronunciar con respeto y cautela porque es víctima de la violencia mediática, así como de la violencia sistémica que causó su muerte–, las convulsiones emocionales alteran momentáneamente la inercia de una opinión pública que a la semana siguiente permanecerá inerte, ante la noticia del hundimiento de una barcaza en la misma zona con cuatro niños a bordo, esta vez no fotografiados (Calamai, 2020).
La desaparición opera, así, también como régimen de percepción: administra qué vidas alcanzan visibilidad, qué muertes logran conmover momentáneamente el espacio público y qué cuerpos permanecen sumergidos en una zona de oscuridad física y mediática. La fotografía de Aylan Kurdi interrumpe fugazmente esa indiferencia organizada, pero su circulación global termina revelando, precisamente, la fragilidad de una conmoción incapaz de modificar las estructuras que producen sistemáticamente nuevas desapariciones en el Mediterráneo. La potencia icónica de esa imagen revela simultáneamente el límite de la representación contemporánea del sufrimiento. La conmoción producida por ciertas imágenes excepcionales no altera necesariamente las estructuras que producen sistemáticamente nuevas desapariciones. Más bien, corre el riesgo de convertirse en consumo episódico de dolor, absorbido rápidamente por la aceleración mediática y por la normalización de la violencia fronteriza.
Es en esta memoria “en movimiento” (Nanni, 2020, p.11), crítica y activa en el presente, donde el Nunca Más –nacido en la Argentina como afirmación jurídica y sociopolítica, y sustraído a toda forma de admonición abstracta– recupera su sentido más profundo y auténtico. Solo así el Mediterráneo y el Río de la Plata pasan de aparecer como espacios separados por el océano a constituirse como territorios acuáticos de sepultura que custodian, en sus profundidades, una misma interrogación ética.
La memoria, entonces, alejándose de toda fijación e inercia conmemorativa, encuentra en las artes y en la literatura uno de sus espacios privilegiados de ejercicio y manifestación. En un movimiento especular respecto de la producción artístico-literaria italiana que dirigió su mirada hacia el pasado reciente argentino para dar testimonio de él (Perassi, 2016), desde la otra orilla comienza a emerger un conjunto de prácticas culturales latinoamericanas que interpelan el presente mediterráneo: obras que inscriben en la materia artística una experiencia constantemente amenazada por la ausencia y la invisibilización, pero que, al mismo tiempo, ensayan formas de reinscripción simbólica capaces de disputar representaciones fundadas exclusivamente en el vacío. Obras que hacen actuar la palabra allí donde la desaparición produce silencio; que exponen la mirada a aquello que permanece en los márgenes del reconocimiento. Se configura así una constelación en devenir de lenguajes y sensibilidades heterogéneas que atraviesa instalaciones, narraciones e imágenes. Un conjunto fragmentario de obras entendidas como operaciones de emergencia de lo invisible, de reapropiación y resignificación de la ausencia; obras en las que la memoria se traduce en acción. La instancia ética y estética que recorre este corpus asume la forma de un umbral capaz de descentrar la mirada e interpelar a quien observa y escucha, exponiéndolo a la responsabilidad y a la toma de palabra.
El artista sueco-argentino-brasileño Runo Lagomarsino, con la instalación Mare Nostrum Mare Mostrum (2015), presentada en la Triennale de Milán en el marco de La terra inquieta (2017), trabaja sobre la complejización semántica y política del mar, condensando en una fórmula ambivalente la tensión entre pertenencia y rechazo, proximidad y expulsión. El periodista y escritor argentino Martín Caparrós, en el prólogo “La historia de ahora mismo” a No somos refugiados (2017) de Agus Morales, sitúa la tragedia migratoria en una temporalidad del presente absoluto, que exige proximidad e implicación y sustrae el tránsito migrante de toda distancia tranquilizadora. La mirada fotográfica de Gabriel Tizón, en la muestra mexicana Migrantes en el Mediterráneo (2017), confía a la imagen la tarea de restituir rostros, cuerpos y trayectorias que escapan a la reducción estadística, mientras que la narración del haitiano Louis-Philippe Dalembert, en la novela Mur Méditerranée (2019), construye una coralidad que acompaña la travesía como estado liminar, suspendido entre espera, esperanza y pérdida.
A este mismo horizonte se vincula el documental El cielo sobre Riace (2020),[5] del director argentino Damián Olivito, que observa y restituye cinematográficamente la recepción y hospitalidad como gesto concreto y cotidiano, inscrito en un tejido social atravesado por memorias, retornos y posibilidades. La película desplaza el foco desde la frontera entendida exclusivamente como espacio de control y emergencia hacia las formas de convivencia y de reconstrucción comunitaria que toman forma en Riace en torno a la experiencia impulsada por su alcalde Domenico “Mimmo” Lucano, primo del director del documental. Ahí, en este pueblo del profundo sur italiano, la llegada de nuevos migrantes transforma radicalmente la relación entre territorio, memoria e identidad y se convierte en ocasión de reinvención y enriquecimiento recíproco, dentro de una conversación en la que las diferentes identidades se encuentran, se reconocen y se mezclan sin disolverse (Chambers, 2003). Un impulso y un despertar recíproco, que abarca la reivindicación de la lucha política del otro. Para Lucano,
compartir su cuestión política fue un estímulo más: también despertó mi compromiso político. En ese momento, fue como si me hubiera convertido en un activista del movimiento de liberación del pueblo kurdo, que encontró en Riace no sólo un lugar donde desembarcar, sino también para dar a conocer su situación política al mundo. Fue como si las dos instancias, ese sentido de rescate humano y social y de reivindicación política, se unieran para imaginar un futuro posible: para nosotros, los últimos habitantes de Riace, soñar con un futuro posible en nuestra tierra; y para ellos, tener ese reconocimiento humano y político. Y así comenzó la historia de la hospitalidad en Riace (Olivito, 2020).
Frente a las lógicas europeas de invisibilización y expulsión, el documental de Olivito altera radicalmente el campo de representación. Riace no aparece como escenario de emergencia humanitaria, sino como lugar concreto de reinscripción social y simbólica de vidas que el régimen fronterizo contemporáneo produce como excedentes, clandestinas o prescindibles. La hospitalidad deja entonces de funcionar como acto excepcional para convertirse en ejercicio político capaz de transformar las formas de convivencia.
El modelo que se concreta en Riace articula una epistemología distinta del vivir y habitar el mundo: una manera de concebir lo humano que, al deconstruir y reformular el propio concepto de identidad, transforma el vacío dejado por la emigración italiana de fines del siglo XIX en voluntad de recepción. Las casas abandonadas vuelven a habitarse, los espacios desmantelados recuperan vida, mientras el pequeño pueblo de la Locride,[6] marcado por un persistente proceso de despoblamiento, encuentra una nueva vitalidad social, cultural y simbólica. Como afirma Lucano: “nuestros emigrantes se fueron, pero llegaron otros seres humanos. Con el mismo rostro, los mismos ojos, la misma humanidad” (Olivito, 2020).
A través de entrevistas y vínculos que unen Italia y Argentina, el documental traza una línea de continuidad entre la emigración italiana del siglo pasado y las migraciones contemporáneas: el emigrante de ayer y el migrante de hoy aparecen separados temporalmente, pero unidos por una misma historia, por una misma condición de desplazamiento, desarraigo y búsqueda de un futuro mejor. El viaje se recompone como una errancia cíclica: ayer, los migrantes de Riace participaron en la construcción de la identidad argentina llevando consigo la propia; hoy, esas mismas trayectorias reabren las puertas de casas vacías a nuevos exiliados, dando forma a un retorno que nunca coincide plenamente consigo mismo. Desde el margen, desde dos sures del mundo –un pueblo calabrés y el barrio porteño de Mataderos, donde viven los emigrantes de Riace– toma cuerpo una lección de solidaridad, empatía y conciencia. De tal manera, el filme de Olivito reescribe el proceso migratorio contemporáneo: reorienta relaciones, reconfigura identidades y pone en tensión significados sedimentados. Desde el borde, desde la periferia, emerge una ética de la hospitalidad capaz de ver al extranjero como a uno mismo (Todorov, 1984), dentro de uno mismo (Kristeva, 1988), o de reconocerse extranjero en la mirada del otro (Ben Jelloun, 1988; Jabès, 1991). Como recuerda Todorov: “el yo es otro. Pero también los otros son yos: son sujetos como yo, que únicamente mi punto de vista –para el cual todos están allí mientras yo estoy aquí– separa y distingue realmente de mí” (Todorov, 1984: 5). Esta perspectiva restituye la identidad como proceso y devenir plural, como tejido policromático atravesado por el encuentro con el otro y por las múltiples estratificaciones culturales que constituyen históricamente el Mediterráneo (Chambers, 2003).
La película de Olivito se sitúa precisamente en ese cruce entre memoria, desplazamiento y transformación. La hospitalidad se encarna en prácticas materiales y afectivas concretas: la reapertura de las casas abandonadas, la recuperación de espacios vacíos, la convivencia entre lenguas y culturas distintas, la circulación de relatos familiares y memorias migratorias. En este sentido, el documental sustrae la representación de la migración de la lógica de la emergencia para orientarla hacia la posibilidad de una reinvención social y comunitaria y la hospitalidad deja de remitir únicamente a una cuestión moral para adquirir una dimensión política y epistemológica.
En una narración cinematográfica de carácter profundamente testimonial, que hace de la evocación poética y ética la materia misma de las palabras y las imágenes, Olivito mueve el foco desde la abstracción del fenómeno migratorio hacia las trayectorias concretas de quienes lo atraviesan. Lo que emerge no es “la historia de los migrantes” como categoría homogénea, sino las historias singulares de hombres, mujeres y niños provenientes de Nigeria, Ghana, Kurdistán, Eritrea, Afganistán o Irak: vidas atravesadas por el miedo, la pérdida, la violencia, pero también por el deseo de supervivencia, la esperanza y la posibilidad de recomenzar. La huida aparece entonces como única condición de posibilidad para seguir en vida. Cada una de estas trayectorias remite a guerras, dictaduras, esclavitud, hambrunas y catástrofes profundamente ligadas a las políticas contemporáneas y a la larga historia colonial europea. Frente a las retóricas mediáticas y políticas que producen “invasiones imaginarias” (Ambrosini, 2020), el documental reconstruye un tejido de relatos mínimos y singulares que restituyen complejidad, densidad y subjetividad a aquello que el discurso dominante reduce a cifra, amenaza o emergencia. La cámara insiste reiteradamente sobre los rostros y, sobre todo, sobre las miradas. Los ojos se convierten en espacio privilegiado de condensación de una humanidad vulnerable. Como afirma Mimmo Lucano: “En una época en la que las cosas materiales parecen más importantes que las personas, vale la pena mirar la expresión de los ojos de un ser humano […] y buscar en ella un valor inestimable que ninguna obra de arte puede alcanzar” (Lucano, 2020: 65). En esta operación cinematográfica se juega también una política de la representación: nombrar, mostrar rostros, reconstruir historias individuales significa sustraer esas vidas a la despersonalización y a la pérdida de subjetividad producidas por el régimen contemporáneo de frontera. El documental construye así una perspectiva capaz de aproximar empáticamente al espectador al otro, hasta inscribirlo en una historia de migración, desplazamiento e identidad que lejos de percibirse como ajena se revela profundamente compartida.
Hacia el final de El cielo sobre Riace, el entramado de relaciones entre historias, geografías y temporalidades distintas encuentra un punto de densidad particularmente significativo en la evocación del drama argentino –que cuenta también descendientes de emigrantes de Riace entre sus desaparecidos– a través de un mural pintado sobre un muro que no divide, sino que une. El mural, que se abre hacia la plaza principal del pueblo, rinde homenaje a la lucha universal de las Madres de Plaza de Mayo y mantiene viva la memoria de los 30.000 desaparecidos argentinos. El “¿Dónde están?” de las madres argentinas parece resonar así en el “¿Dónde están?” –todavía colectivo y desgarrador– de otras madres, las tunecinas, en tiempos más recientes. Se trata de un mural realizado por los propios migrantes, los nuevos habitantes de Riace, cuyas trayectorias subvierten radicalmente las categorías de clandestinidad e ilegalidad alimentadas por el lenguaje del odio (Palma, 2020). Sus propias existencias interpelan, más bien, la necesidad de actuar en la realización concreta del Nunca Más y de pensar un horizonte fundado en la igual dignidad de las diferencias (Ferrajoli, 2020).
Riace aparece ya no únicamente como espacio de acogida, sino como laboratorio de otra forma de habitar el mundo que cuestiona las fronteras rígidas entre pertenencia y extranjería, y concibe la residencia como “hábitat en movimiento” (Chambers, 1995). La migración pasa así de entenderse como tránsito excepcional entre puntos fijos de partida y llegada para convertirse en “una forma de estar en el mundo” (Carter, 1992: 101).
“Cada vez que he mirado el mar con los pies en el agua, tuve una certeza: quien llama a nuestra puerta representa la única salvación para el mundo entero, la única esperanza frente a la violencia de la historia” (Lucano, 2020, p. 11).
La memoria se juega en la capacidad de mantener abierto el vínculo entre lo que ha sido y lo que todavía está por venir, custodiar el pasado sin clausurarlo, pensar en los muertos y en quienes aún no han nacido (Perassi, 2017). La memoria se vuelve entonces palabra de apertura y de reconocimiento, forma de donación y de recepción, creación compartida: uno de los pocos lugares donde todavía puede pensarse un humanismo posible. Un humanismo que toma cuerpo en los gestos y en las prácticas de quienes han elegido actuar haciéndose cargo del otro: en Vito Fiorino, que en las aguas de Lampedusa rescató a cuarenta y siete migrantes y sigue llevando consigo el peso de las vidas perdidas; en Enrico Calamai, que durante la dictadura cívico-militar argentina sustrajo a centenares de personas de una muerte segura, poniendo en riesgo su propia vida; en Estela de Carlotto y en las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, cuya búsqueda incesante de les hijes desaparecides y de les nietes apropiades por los militares se hizo lucha por la Memoria, Verdad y Justicia asumida como modelo de referencia en todo el mundo; en Cristina Cattaneo, que a través de la medicina legal y la antropología forense lucha por devolver nombre, identidad y dignidad a los muertos del Mediterráneo, a esos náufragos sin rostro que continúan interpelando la conciencia colectiva.
La memoria no se ofrece entonces como depósito estable ni como repertorio de acontecimientos concluidos, sino como potencia activa, como movimiento que atraviesa tiempos y espacios diferentes, que continúa reactivándose, produciendo sentidos, exigiendo respuestas. Una memoria que reconoce en los ausentes una presencia que actúa en el presente y en la transmisión un acto que concierne al destino común. Es allí donde el Nunca Más recupera su densidad ética y política, lejos de toda cristalización conmemorativa. En este espacio compartido y vulnerable, el pasado argentino y el presente mediterráneo continúan dialogando como persistencia histórica que exige ser interrogada, como parte constitutiva de nuestra propia humanidad.
Bibliografía
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Recepción: 12/05/2026
Evaluado: 29/05/2026
Versión Final: 02/07/2026
(*) PhD y Profesora de Lengua y Literaturas Hispanoamericanas. Departamento de Lenguas, Literaturas y Culturas Extranjeras. Università degli Studi Roma Tre. Correo electrónico: susanna.nanni@uniroma3.it ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4409-4809.
[1] El presente artículo reelabora y amplía reflexiones ya presentadas en el libro de mi autoría Memoria viva de la desaparición (2025), y en el volumen co-coordinado Nuovi desaparecidos del Mediterraneo (2026), cuyos datos bibliográficos completos se detallan en la bibliografía final.
[2] Todas las traducciones presentes en este artículo son mías, salvo indicación expresa en contrario.
[3] Rostro como noción para explicar el modo en que somos interpelados moralmente, en que el otro nos demanda moralmente; rostro como responsabilidad frente al otro; rostro como extrema precariedad e indefensión del otro; rostro que nos convoca y nos reclama, nos invoca y nos apela: “la muerte del otro hombre me pone en causa y me cuestiona como si, de esta muerte invisible al otro que se expone a ella, yo me convirtiera, en parte por mi eventual indiferencia, en el cómplice; y como si, antes incluso de que me lo haya confesado a mí mismo, hubiera respondido a esta muerte del otro, y a no dejar al otro solo en su soledad mortal. Es precisamente en esta llamada de mi responsabilidad por el rostro que me asigna, que me pregunta, que me reclama, es en esta puesta en cuestión que el otro es próximo” (Lévinas, 1995, p. 46).
[4] Los fundamentos políticos, económicos e ideológicos de las dictaduras garantizados en el pasado a través de la desaparición de miles de opositores en Latinoamérica, constituyen en definitiva también el modelo de desarrollo, de consumo y de la economía depredadora actual sobre África por parte de los países europeos, para defender, una vez más, a costa de la vida de millones de seres humanos. Lo que antes se llamaba Plan Cóndor, ahora lleva los nombres de “Acuerdos de Malta”, “Pacto con Turquía”, “Acuerdos con Afganistán”, “Memorandum con Libia”, o procesos de Rabat y de Khartoum, que no son otra cosa sino alianzas destinadas a garantizar el apoyo financiero y militar a gobiernos dictatoriales africanos y de Oriente Medio, a cambio de la intensificación de la persecución de los potenciales “inmigrantes ilegales” que intentan llegar a Europa surcando el Mediterráneo en botes y barcazas averiadas. Informaciones detalladas y actualizadas sobre los naufragios y los acuerdos multilaterales entre gobiernos europeos y de países africanos y de Oriente Medio, se encuentran –entre otros– en la página web del comité “Verità e giustizia per i nuovi desaparecidos del Mediterraneo”. Según los datos oficiales, solo en los primeros meses del 2026, ya se cuentan más de tres mil víctimas registradas. En línea: https://nuovidesaparecidos.net/
[5] Hasta la fecha, el documental ha participado en el Festival del Cine de los Derechos Humanos en Nápoles (2020), en el Taormina Film Fest (2020) y en el Festival del Cine Íbero-Latinoamericano (2021).
[6] Definida por Mimmo Lucano como “tierra de frontera, contrastes, sombras y a veces también de luz” (Lucano, 2020, p. 53), la Locride es un área geográfica calabresa ubicada en la parte jónica de la región sureña italiana. Además de sitios culturales y de productos culinarios conocidos en todo el mundo, esta zona es tristemente famosa por el fenómeno mafioso de la ‘ndrangheta. El proyecto de inclusión de los nuevos migrantes tiene, precisamente, también el propósito de contrarrestar la criminalidad organizada. “Los reconocimientos internacionales obtenidos –escribe Mimmo Lucano– me alegraron mucho porque me brindaron la sensación que el mensaje de humanidad que estábamos transmitiendo en un lugar plagado por la precariedad económica y social, y afectado por la criminalidad organizada, podía salir de nuestros confines” (Lucano, 2020, p. 123).