“¿Qué puedo agregar acerca de una época donde las balas tienen la primera y la última palabra?”. Las disputas de sentido sobre la radicalización política de los años setenta en la revista El Porteño
Resumen
Este artículo recorre un conjunto de textos de diverso orden publicados en la revista El Porteño entre 1983 y 1985 que abordaron la temática de la radicalización política durante los años setenta. A través del cruce entre la historia cultural, la historia reciente y las herramientas del análisis de revistas, en este trabajo se exploran las formas en que la publicación describió los proyectos políticos emancipadores y la derrota de las organizaciones armadas. Se constata que al interior de la revista se expresó una tensión entre voces que utilizaron nociones distintas para evocar el pasado cercano en diálogo con las complejidades de la década de 1980. La concepción idealista y utópica de los militantes populares –en particular de aquellos que continuaban desaparecidos– convivió en la publicación con otra mirada más crítica. Esta última visión – que fue sostenida principalmente por Gabriel Levinas, el fundador y director de la revista— se distanció de las motivaciones de la guerrilla e hizo hincapié sobre todo en sus medios y sus efectos.
Palabras clave: Violencia; Lucha armada; Revista El Porteño; Dictadura; Posdictadura.
“What more can I say about an era in which bullets have the first and last word?” Disputes over the meaning of the political radicalization of the 1970s on El Porteño magazine
Abstract
This article examines a diverse set of articles published in El Porteño magazine between 1983 and 1985 that addressed the theme of political radicalization in the 1970s. By intersecting cultural history, recent history, and magazine analysis tools, this paper examines the ways in which the publication described emancipatory political projects and the defeat of armed organizations. It finds that within the magazine, various voices expressed distinct notions to evoke the recent past in dialogue with the complexities of the 1980s. Two approaches to the immediate past were put in tension: the idealistic and utopian conception of popular militants—particularly those who remained disappeared—coexisted in the publication with a more critical, detached perspective on the guerrilla's motivations, focusing primarily on their means and effects. This latter view was argued mainly by Gabriel Levinas, the magazine's founder and director.
Keywords: Violence; Armed
struggle; El Porteño magazine; Dictatorship; Post-dictatorship.
“¿Qué puedo agregar acerca de una época donde las balas tienen la primera y la última palabra?”. Las disputas de sentido sobre la radicalización política de los años setenta en la revista El Porteño
Introducción
La etapa que se ubica entre los meses finales de la dictadura militar y los primeros años del gobierno de Raul Alfonsín en Argentina supuso un ciclo fértil para la reflexión sobre las décadas pasadas y el mundo que se abría ante los ojos de los contemporáneos. El futuro se vislumbraba refundacional por las posibilidades de una apertura democrática que permitiera liberar a la sociedad del autoritarismo imperante pero también por las perspectivas de una promesa que permitiera superar el atraso y la violencia. En este período de efervescencia se llevaron a cabo una constelación actividades y producciones de relevancia dentro del campo artístico, académico y cultural. Allí podemos ubicar, entre otros, a proyectos tales como Radio Belgrano y Teatro Abierto (Manduca, 2021). En sintonía, el universo de las revistas vinculadas al campo político y cultural fueron artefactos clave en tanto configuraron usinas de pensamiento y vehículos para la circulación de nuevas tramas de reflexión y conocimiento (Burkart, 2017, Raíces y Borrelli, 2022, Margiolakis, 2024, Mercader, 2024).
Dentro de esta red de publicaciones periódicas (Tarcus, 2020), se destacó El Porteño como un canal de expresión del cambio cultural y político del último bienio de la dictadura y el inicio de la vida democrática (Warley, 2006, Uzal, 2022, Liberczuk, 2022). Fundada por el coleccionista de arte Gabriel Levinas en enero de 1982 quien participó como director hasta noviembre de 1985 cuando comenzó a ser editada por una cooperativa de periodistas.[1] La publicación contó con la presencia de periodistas y escritores de renombre como Miguel Briante y Jorge Di Paola. Si bien tuvo un carácter comercial y una difusión nacional, por su estética y sus temáticas abordadas se ubicó entre los medios masivos y aquellos que circularon en ámbitos intelectuales (Patiño, 2006). Sus lectores habituales fueron contrarios a la dictadura y se dirigió a una parte importante de los sectores juveniles de la Universidad de Buenos Aires (Manzano, 2018). Con una sensibilidad superior a otras publicaciones (Coca, 2014) y mediante un estilo irónico y directo, abordó temáticas tales como la cultura rock, la salud mental, el uso de drogas, los derechos humanos, las sexualidades disidentes. Estos elementos la convirtieron en un referente del llamado “campo progresista”.[2]
En ese sentido, una de las preguntas que vertebró nuestra investigación fue sobre los modos en que esta constelación política y cultural buscó elaborar, pensar y procesar los crímenes de la última dictadura militar (1976-1983) y cuál fue el balance que realizó de la experiencia de la radicalización política de las décadas de 1960 y 1970.[3] Como señaló Saporosi (2024) los discursos y las representaciones sociales sobre la militancia revolucionaria y su responsabilidad fueron múltiples y heterogéneos durante los tempranos ochenta (22). Sin embargo, predominaron formas de narración que orientaron su desarrollo a las necesidades judiciales y que “clausuraron antes que abrían miradas sobre el pasado” (Oberti y Pittaluga, 2006, p. 25).
Por ello, nos interesa abordar la forma en que El Porteño recuperó la actuación de estos grupos y los matices que expresó en torno a dicha experiencia. Con este horizonte, en las páginas que siguen exploraremos una selección de textos que fueron publicados en la revista entre mayo de 1983 y agosto de 1985. Este corpus diverso contiene distintos géneros tales como entrevistas, cartas de lectores, artículos de opinión e investigaciones periodísticas. Nos proponemos contextualizar estas intervenciones en el panorama político en que se insertaron y en relación con el estado de la memoria y los debates públicos en donde se situaron (Lvovich y Bisquert, 2008). Asimismo, nos interesa reponer algunos de los sentidos acerca de la militancia que se dieron en la revista en un momento en el que emergió una cultura de izquierda no armada, crítica del uso de la violencia y que revalorizó la experiencia de la democracia.
Ponerle palabras a la derrota
Como mencionamos más arriba, en este período de reacomodaciones y tensiones entre los distintos actores políticos y sociales (Ferrari y Lvovich, 2023) supuso una instancia abierta donde los sentidos sobre el pasado no estaban aún cristalizados (Franco y Feld, 2015; Guber y Visacovsky, 2005). En este momento de fluidez y transformación, la ausencia de límites claros entre aquello que podía ser enunciable convivió con la carencia de marcos conceptuales compartidos para interpretar la dimensión de la represión y la lucha por las representaciones y las nominaciones sobre el pasado (Liberczuk, 2025b). En consonancia, la revisión de los tiempos cercanos y la discusión de nociones que permitieran representar la década anterior así como formularse preguntas por el autoritarismo, la violencia estatal y la herencia de la dictadura se presentaron tópicos recurrentes en El Porteño. La revista se contrapuso al tratamiento que de estos temas realizaron la prensa de circulación masiva y los periodistas complacientes con la última dictadura. Mientras discutió con las posiciones planteadas por las Fuerzas Armadas, El Porteño se constituyó en relación con los discursos oficiales del alfonsinismo –con los que adhirió en el juzgamiento a las cúpulas militares–, pero se alejó de sus sectores y posiciones más conservadoras.
Entre mayo de 1983 y agosto de 1985, fueron publicadas un conjunto de artículos que abordaron la cuestión de la radicalización política, el devenir de las organizaciones armadas de la década de 1970 y su responsabilidad en la espiral de violencia vivida en el país. La elaboración del significado de la “derrota” de las organizaciones armadas tuvo un lugar importante en la revista. En mayo de 1983 se entrevistó a “cinco integrantes de la generación que marcó trágicamente a la sociedad argentina”, a la que –según Mónica Correa Flores, la autora que introdujo la nota–se tenía “fe” y ahora se le tiene “pena”: la llamada “generación de la guerrilla”.[4] Los entrevistados elegidos tenían entre veinticinco y treinta y cinco años y “desempeñaban actividades clave”. Correa Flores se posicionó a favor de los ideales que habían primado en la década anterior, aunque se opuso a la violencia utilizada. La periodista sostuvo que fue una generación que pagó un precio altísimo por decirle finalmente no a la violencia: “Tal vez haya sido el precio que tuvo que pagar para descubrir el respeto por los derechos humanos”.[5] El conjunto de testimonios recabados permiten observar la evaluación del pasado reciente que realizó la publicación en relación con la dimensión del accionar juvenil radicalizado.
La primera fuente consultada fue Miguel Ponce, un dirigente radical de treinta y dos años quien había estado a cargo del centro de estudiantes de la Facultad de Ingeniería en la década anterior. Ponce mencionó el carácter irreflexivo de su generación que se combinó con un desprecio por la vida tanto propia como ajena y una insensibilidad desarrollada para convivir con un miedo cada vez más creciente. Nos parece sugestivo detenernos en dos elementos que menciona el entrevistado. En primer lugar, Ponce aludió a “ambos bandos” para referirse a la violencia; en segundo lugar, sostuvo que “quizás hubo un superávit de ideales, circunstancia hábilmente explotada por los violentos”.[6] Nos parece interesante la tensión que desprende la entrevista entre una violencia ejercida por la totalidad de la generación y la utilizada por algunos a partir de una coartada brindada por los ideales del conjunto. Por otra parte, es en esta elipsis donde el entrevistado no expresa a qué sujeto(s) se aludía con la palabra “violentos” –y donde la revista tampoco repregunta– radica una de las formas en que se pensó la violencia entre fines de la dictadura y los primeros años de vida democrática: una violencia ejercida por “ambos bandos” –idea que más adelante será cristalizada en el prólogo del informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas (CONADEP)–. Este conjunto de nociones —conocidas como “teoría de los dos demonios”— aludían a un enfrentamiento de extremismos de distinto signo político pero de una violencia equivalente frente a una sociedad inerme y desconocedora del horror. No parece casual que Ponce como portavoz del radicalismo sostuviera esta representación imaginaria que permitió durante los años de posdictadura la conformación de un sentido común “democrático” (Alonso, 2014).
Otra de las nociones brindadas por el entrevistado fue la caracterización de la juventud como rebelde. Ponce consideró que este elemento fue utilizado por los miembros de organizaciones armadas –que pertenecerían desde su punto de vista al sector más acomodado de la sociedad– para desarrollar un “foquismo rural y urbano”.[7] El dirigente radical caracterizó a su generación a través del padecimiento de tres tipos de pérdidas:
los “idos” a causa del exilio, los “idos” definitivamente razón de este término acuñado en la Argentina reciente de reciente data: los desaparecidos; y una tercera categoría, los ‘idos’ hacia adentro, aquellos que en política caracterizamos como los ‘quebrados’, los que alguna vez apostaron a la esperanza y ya no creen en nada. Pero también estamos los que nos hemos quedado, con todo lo que ello significa. Aquellos que queremos seguir dando nuestro aporte positivo y militante para el logro de una Argentina democrática que impida que nuestros hijos sufran dolores similares a los de nuestra generación. Esta es además nuestra responsabilidad frente a todos los “idos”.[8]
Ponce concluyó su relato señalando que para él no existía sector de aquella juventud que no se hubiera visto afectado por “el drama de la violencia”. Esta generación “marcada” –que les imprimía sus modos particulares a los espacios transitados– era definida por el radical como “trágicamente enriquecida” dado que enarbolaban la consigna de “ni un muerto más”.[9] De esta manera, se observa cómo las palabras de Ponce están atravesadas por el discurso oficial radical –y lo que posteriormente será su discurso de campaña presidencial de 1983– que sostenía que la existencia de una violencia de distinto signo (de izquierda) había engendrado el período dictatorial.
Los siguientes dos entrevistados fueron personas vinculadas a la revista. Uno era el periodista Eduardo Aliverti –quien comenzaría a trabajar en El Porteño al año siguiente– y otro el actor Miguel Ángel Solá quien era entrevistado con asiduidad por la publicación. Un joven Aliverti -de 27 años- recordó su adolescencia en la que formó parte de una juventud interesada en la política. El periodista señaló que esa generación “se jugó entera” –y luego quedó “descolocada” ante el fracaso del tercer gobierno peronista– es “un gigante dormido al que achicaron a golpes. O, en algunos casos, lo mataron a golpes”.[10] Aliverti sostuvo que se había vivido en Argentina “una noche de horror, luego de una tarde de horror” y luego de eso curar las heridas llevaría su tiempo. En las palabras de Miguel Ángel Solá la violencia formó parte central del período que, a su vez, le quitaba la propia voz para hablar de esa experiencia: “¿Qué puedo agregar acerca de una época donde las balas tienen la primera y la última palabra?”.[11] El actor también señaló el miedo y el silencio como una parte importante de una generación que quedó desangrada por la lucha. Así, mencionó las dificultades que tuvieron en la transmisión de la experiencia con aquellos que los sucedieron:
Nos hemos permitido callar, cerrar los oídos y no ver. Y tenemos poco tiempo para hacerlo y abrirnos, porque las siguientes generaciones ya tienen que decir la suya y no pueden estar esperándonos. No hablo de todos, hablo de la gente que busca expresarse, busca identificarse, busca poder transferir a los demás los fantasmas que nos rodean para compartirlos, conocerlos y admitirlos como parte fundamental de una mala educación. (…) mi generación cuando hable va a ser generosa, cuando diga todo lo que tiene para decir va a ser abundante. Porque una generación ‘a pesar de todo’ siempre es de buena leche.[12]
En la página que estaba a continuación, se publicó el único testimonio brindado por una mujer. La elegida fue María Elena Capristo quien era profesora de Letras y tenía al momento de la entrevista treinta y un años.[13] Capristo contextualizó la emergencia de la militancia juvenil en relación con una historia de “autoritarismo”, marcada por el Mayo Francés y el Cordobazo. La profesora expresó que los jóvenes de la década de 1970 estaban atravesados por un “idealismo” y “deseos de justicia” en un “momento de efervescencia” como es el de la adolescencia. Para Capristo, su generación fue “combativa, rebelde, contestataria, que intentaba desasirse de los moldes rígidos impuestos” y que “se caracterizó por no aceptar nada que significara una desavenencia con uno mismo”. La entrevistada señaló además el desplazamiento entre la formulación de pensamiento crítico a un esquema de gobierno autoritario donde primaron la elaboración de listas negras, la prohibición de materiales y la autocensura. En su relato, Capristo manifestó que la construcción de un nuevo orden no debía elegirse “ni el caos previo al Proceso ni el ‘orden’ que siguió a 1976”.[14] Es decir, en sus palabras subyace nuevamente la idea de distanciarse de “dos demonios”.
El último testimonio que recogió el artículo fue el de Carlos Holubica quien fue presentado como un “gremialista del Sindicato Único de Empleados del Tabaco” de treinta y tres años.[15] Al igual que Capristo, se remontó a los últimos años previos al golpe de Estado de 1976, pero se centró en el año 1973 como un momento que había sido de “profunda inmadurez e ingenuidad”.[16] Oponiéndose a testimonios como el de Ponce, Holubica –de identidad peronista– evaluaba como central la proscripción del peronismo y el exilio de dieciocho años de su líder. Esto produjo la aparición en la juventud de dos sectores distintos: uno que poseía “un proyecto muy concreto de copamiento del poder”; y otro espacio que expresó “el desborde después de dieciocho años de silencio represivo”. Otro de los factores que Holubica señaló como central en “las primeras apariciones de focos guerrilleros” fue el conflicto social desatado por las huelgas al que caracterizó como “caldo de cultivo muy grande para provocar ese desborde”. Continuando con la metáfora de lo excesivo y de aquello que rebalsa, el sindicalista señaló que esa “juventud del desborde” que se enfrentó al sindicalismo –“burocracia sindical”– era de clase media y clase media alta y “se creyó la vanguardia lúcida del pueblo argentino despreciando la experiencia y la conciencia histórica de ese pueblo”. Señaló que la represión estatal había tenido dos tipos de víctimas: los “muchachos jóvenes” y los “representantes de los sindicatos”. Asimismo, se concebía como deudor de “una generación que ha sido castigada para bien y para mal”. Esta mirada pareciera concebir la generación hacia el futuro cuando sostiene que está forjada a través del dolor, de las equivocaciones y de la experiencia compartida.
En el conjunto de las posiciones reunidas por el artículo se observa cómo muy tempranamente se construye una representación generacional. Asimismo, se refiere al conjunto de personas que fueron jóvenes en la década de 1970 como portador de ideas férreas y de gran compromiso con su sociedad. Un grupo que fue moldeado por las condiciones sociales y políticas nacionales e internacionales que condicionó su vínculo con la violencia. Las huellas del terrorismo de Estado se muestran como una marca indeleble y dolorosa que dificulta una elaboración más profunda. Estos testimonios, publicados en mayo de 1983, realizan una operación en donde escinden el uso de la violencia y los liderazgos de los ideales sostenidos. Las posiciones esgrimidas por la mayoría de los entrevistados –con excepción del dirigente sindical– parecieran responder a reelaboraciones de la década de 1980 más que a alineaciones de la década anterior, como por ejemplo en el idealismo como motor de las acciones de los jóvenes.
Un mes más tarde, en junio de 1983, el correo de lectores de la revista El Porteño publicó una carta que contenía otra experiencia personal atravesada por una contextualización histórica de la emergencia de la violencia a cargo de Miguel Ángel Sánchez:
Yo una vez creí. Sueños de esperanza alimentaron mi adolescencia, pese a haber pasado la mayor parte de mi vida bajo un estado legal que, paradójicamente, inhibía la legalidad. Soy un hijo del estado de sitio, de los gobiernos totalitarios, de los movimientos corporativos, de las organizaciones guerrilleras, de las cada vez peores crisis económicas de los grandes triunfos deportivos que pretendieron venderme comí modelo de un país que, detrás de la tribuna fervorosa, se ahogaba en aguantadas lágrimas de dolor. Por los muchos que murieron sin saber por qué. [17]
Seguido de estas palabras, el lector proporcionó una mirada retrospectiva idealizada y generacional. Así, en la misiva sostuvo que alguna vez había creído:
que podría junto a otros como yo, cambiar aquellas cosas que mis padres no pudieron evitar. Ser el entusiasmo de una vida nueva. Sin embargo, y pese a lo que ofrecimos, solo se nos pidió nuestra sangre. Unos y otros de cualquier bando, lo mismo da. Teníamos fe, éramos alegres, éramos inocentes, éramos la patria joven que se ahogó en aguantadas lágrimas de dolor, por los muchos que murieron sin saber por qué.[18]
Miguel Ángel Sánchez –tal es el nombre que firmó el texto– ofreció además una descripción de la revista El Porteño como “una de las pocas que nos dieron alivio entre tanto papel amarillo, noticias rosas e informaciones verde oliva”. Y concluyó con una invitación a “participar en su sección” que debe transformarse más que nunca “en un espacio de ‘lector a lector’. Una tribuna donde todos podamos empezar a dar los primeros pasos de reabilitacion (sic) en expresión, en manifestación, en encuentro, luego de tanto desencuentro”.[19]
Un director en tensión con sus autores y lectores
La dirección de la revista El Porteño —desde su primer número hasta la constitución de una cooperativa de periodistas en noviembre de 1985— estuvo a cargo de su fundador el coleccionista de arte Gabriel Levinas. En la mayoría de los números, Levinas firmó la “Carta del Director”, un espacio singular desde donde editorializó y fijó la posición de la revista. Como veremos, al interior de sus páginas se constituyó como un espacio plural desde el cual expresarse desde diversos puntos de vista. La concepción idealista y utópica de los militantes populares –en particular de aquellos que continuaban desaparecidos– convivió en la publicación con otra mirada más crítica. Esta última visión –más distanciada de las motivaciones de la guerrilla, que hizo hincapié sobre todo en sus medios y sus efectos– era sostenida principalmente por Levinas.
Como señalamos anteriormente, el período que abrió con la derrota de la guerra de Malvinas supuso una apertura relativa que posibilitó la emergencia y circulación de algunas voces críticas del gobierno de facto. Sin embargo, el imperio del terrorismo de Estado se perpetuó hasta el final de la última dictadura militar (Águila, 2023). Asesinatos como los de los militantes peronistas vinculados a Montoneros Osvaldo Cambiaso y Eduardo Pereyra Rosi — acontecidos en mayo de 1983— evidenciaron que las violaciones a los derechos humanos continuaban desarrollándose. Estos crímenes causaron conmoción y un gran repudio que convocó a una marcha multitudinaria. Esta situación revela que las miradas sobre las organizaciones armadas no formaban parte de la memoria de un pasado remoto, sino que operaron en forma contemporánea a sucesos de violencia y terror.
En el número que salió a la luz luego de estos eventos, en junio de 1983, la revista publicó las repercusiones del caso en un conjunto de artículos. Uno de ellos fue la nota realizada por Gabriel Levinas al dirigente de CELS Augusto Conte McDonnell. La entrevista fue titulada a partir de un textual del militante por los derechos humanos: “Se llevaron lo mejor de una generación”.[20] El director de la revista refirió en la nota a una campaña a la que calificó de difamatoria –que tenía por objetivo desprestigiar a los organismos de derechos humanos– que sostenía que “la subversión está tratando de convertir a las víctimas en victimarios”.[21] En la entrevista, Levinas señaló la existencia de la guerrilla como causante del golpe militar que había dado inicio a la última dictadura. Augusto Conte –padre de un soldado conscripto desaparecido– discrepó del director de la revista. En la entrevista, el abogado sostuvo que quien verdaderamente había tenido el poder en las últimas décadas eran los militares.[22]
Unos meses más tarde, luego de la asunción de Raúl Alfonsín, Levinas volvería sobre estos tópicos. En la portada de la revista presentaba –sobre un fondo gris– una gran estrella roja símbolo del Ejército Revolucionario del Pueblo bajo el título “E.R.P.: La cárcel y después”.[23] La nota publicada en el cuerpo de la revista fue extensa –constaba de ocho páginas– y estuvo firmada por Gabriel Levinas, Eduardo Blaustein y Andrea Ferrari.[24] En ella, se recabó el testimonio de un conjunto de personas que habían sido parte activa de la lucha armada donde contaban su experiencia de prisión política a lo largo de distintas cárceles de Argentina. Estos ex militantes habían salido en libertad con las amnistías que se produjeron los últimos meses de dictadura y las primeras semanas de democracia. El artículo comenzaba con un copete redactado en lo que parecía ser la línea editorial propuesta por Levinas: “Aunque reconociendo una importante matización en el reparto de las responsabilidades, los presos liberados que pertenecían al ERP asumen la necesidad de una ‘profunda autocritica por haber contribuido al derrumbamiento del gobierno democrático parlamentario”.[25]
La nota recabó los testimonios de los ex militantes que fueron objeto de la violencia estatal. Uno de los propósitos del artículo era mostrar que los delitos de las organizaciones armadas eran “cosa juzgada” en contraste con los decretos de juzgamiento de Alfonsín que equiparaban crímenes de la guerrilla con los de las Fuerzas Armadas y de seguridad. A partir de sus secuestros –donde fueron golpeados y torturados salvajemente– comenzaron un periplo por distintas cárceles del país donde cumplieron condena por los crímenes de la guerrilla.[26] En las unidades penitenciarias estas personas buscaron establecer lazos de solidaridad entre los presos y actividades que les permitieran sobrevivir.
Más allá de la experiencia carcelaria, los testimonios presentados abordaron la cuestión de la guerrilla y contextualizaron su surgimiento en medio de la violencia. Al igual que otros pasajes mencionados con anterioridad, estas personas señalaron cómo su generación se había visto interrumpida en su desarrollo ante los sucesivos golpes de Estado. “Pedro” uno de los entrevistados mencionó la contribución que ellos habían tenido en la desestabilización del tercer gobierno peronista.[27] El entrevistador –que había firmado EP pero presumimos era Levinas por las palabras escogidas en su interrogación – preguntó sobre la legitimidad de la metodología de la violencia. Podemos suponer que se buscaba una réplica tendiente a desacreditar el uso de la violencia y su supuesta lejanía del conjunto de la población. Una de las respuestas brindadas en la entrevista sostuvo que:
la violencia revolucionaria no la violencia contrarrevolucionaria no fue inventada por nosotros, forma parte de una larguísima tradición de lucha de clases en Argentina. Nuestra lucha armada cumplió un papel progresista, positivo y loable en el periodo anterior a la caída del gobierno de Lanusse. Así lo entendió gran parte del pueblo argentino que nos dio su apoyo y una gran cantidad de miembros del espectro político que dieron su aval pasivo a la resistencia armada.[28]
Una variable central que expresan estos testimonios es la imposibilidad de equiparar la violencia guerrillera con aquella implementada por el Estado, no solo en cantidad sino en la forma misma de la violencia. Ante la pregunta por la responsabilidad de Mario Firmenich y el conjunto a la cúpula guerrillera, Dalmiro señaló que “los únicos responsables de las muertes, desapariciones es la dictadura militar con los socios imperialistas y oligárquicos”. Mientras que Pedro concluyó que “yo te diría que esencialmente la responsable de miles de muertes es la represión”.[29]
Aquí podemos constatar un elemento que se presentó en varias oportunidades en los distintos ejemplares de la publicación. La tapa expresaba un sentido disruptivo mientras desde las “Cartas del Director” se enunciaba un discurso más matizado o en dirección contraria que el interior de la revista. En el ejemplar mencionado, desde su columna habitual el fundador de la revista afirmó que las organizaciones armadas habían sido las causantes de la desestabilización del tercer gobierno peronista que culminó con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.[30] En el mismo orden, señaló que los miembros de estos grupos con su accionar “causaron dolor” y “provocaron una terrible represión con el consiguiente saldo de destrucción y muerte”.[31]
Sin embargo, no sólo los responsabilizaba de la represión que azotó el país, sino que les adjudicaba el haber desacreditado los métodos de la lucha armada que habían sido legítimos en otros momentos y latitudes: “lo que es peor, desprestigiaron una metodología liberadora como lo fue históricamente la guerrilla. ¡Pensemos sino en el General Güemes. La diferencia entre ambos casos es enorme: la participación de todo el pueblo junto al caudillo salteño contra la decisión mesiánica y elitista de la guerrilla contemporánea!”.[32] Por ello, Levinas sostuvo la relevancia de llevar a juicio estos jóvenes donde en algún sentido quedaban homologadas las violencias de Estado con la guerrillera: “De la misma forma que hemos pedido y luchado por el castigo de los culpables de la represión al pueblo argentino en toda la gama que ésta se abatió sobre nosotros, creo que también deben ser juzgados política y judicialmente todos aquellos que utilizaron la violencia como metodología sin hacer distinción de los fines invocados”.[33]
Como mencionamos, esta mirada de Levinas fue matizada por distintos espacios publicados en la revista tanto entrevistados como periodistas. En el correo de lectores de marzo de 1984, “Tito”, un ex miembro de la Unidad Básica “Capuano Martínez” del barrio de Flores de la Ciudad de Buenos Aires, escribió a la revista para criticar la postura de Levinas.[34] En la misiva, criticó las palabras de la “Carta del director” dado que mientras se sostenía que “la guerrilla se desprestigió” y que era mesiánica, lo que intentaba transmitir en realidad era desprestigiar a las organizaciones armadas. El autor de la carta sostuvo que la guerrilla no fue ni mesiánica ni la causante del dolor –originado en la injusticia social– sino una forma de resistencia popular. Por ello, el exmilitante elevó las experiencias como la chilena o nicaragüense haciendo hincapié en que “la represión siempre se ha ejercido y se ejercerá contra todos los que en cada momento afectan los intereses oligárquicos, sean frentes amplios, gobiernos populares, sindicalistas combativos o arzobispos riojanos”.[35] “Tito” concluyó la carta con estas palabras: “Con violencia tomaron el poder. Con violencia lo mantienen. ¿Cómo cree que lo entregarán?”.[36] Aquí se observa cómo la posición de Levinas fue cuestionada por parte de los mismos lectores a través de la sección “Carta del lector”.
En mayo de 1984, una extensa nota titulada “¿Vuelven los Montoneros?” fue publicada en la revista.[37] Escrita por Eduardo Blaustein –quien también había formado parte en su juventud del llamado peronismo revolucionario y había regresado del exilio el año anterior– abordó una serie de cuestiones asociadas con la organización armada. En primer lugar, Blaustein asoció a Montoneros con un “tabú” dado que no solía aparecer en la opinión pública: “Un tema tan crucial como la importancia histórica del fenómeno Montoneros, venía siendo prolijamente soslayado”.[38] El periodista afirmó que sólo el “caso Firmenich” había tenido prensa mediante una cobertura sensacionalista. Para ello, Blaustein refirió al tratamiento que la revista La semana había tenido del tema donde señalaron que el secuestro de Aramburu había iniciado la violencia en el país. Blaustein sostuvo que el semanario había mencionado el libro del historiador Richard Gillespie, Montoneros. Los soldados de Perón (1984) para proponer una visión “desordenada” y “benevolente” de la historia montonera y emplear el término “subversivo”.[39]
Por otra parte, la nota señalaba que la aparición esporádica de pancartas o consignas montoneras “pese a lo fugaces tendían a atemorizar a la población”, mientras que personas o sectores que habían estado vinculados con la organización “hacen lo imposible por desmarcarse de la maldición”.[40] Esta mirada no se encontraba aislada sino que configuró una forma de instigar a la opinión pública durante la posdictadura indicando la posibilidad de un retorno al accionar guerrillero pese a lo evidente de su disolución. En ese sentido, resulta interesante poner de relieve que en el mismo ejemplar de la revista se publicó una amplia entrevista – que ofició de tapa — al ministro del Interior, Antonio Tróccoli, quien agitó la opinión pública en torno a la idea de la existencia de un “rebrote subversivo”.[41]
La mencionada nota de Blaustein tomó en consideración las críticas internas que había recibido la organización: militarismo, prácticas internas antidemocráticas y el sectarismo político. Por ello, distinguió a los militantes de base –que estaban organizados en las puertas de las fábricas, en los barrios, en las villas– de la Conducción Nacional, responsabilizando a estas últimas ya que desde su “refugio en el exterior” planearon la Contraofensiva condenando a una “muerte segura” a los militantes.[42] En particular, el artículo señaló a quien fuera líder de Montoneros –que en ese momento se encontraba preso en Brasil– al que asoció con el cinismo y el militarismo. Sin revelar su fuente, el periodista reprodujo: “Firmenich tiene que pagar. Que pase por la justicia como cualquier ciudadano”.[43] La nota sumó un detalle no menor: el dinero que la organización había conseguido y que era un elemento clave para el ejercicio político del momento.
El carácter utópico y generacional de la militancia emergió de la mano del testimonio de Nilda Garré en su entrevista publicada en un recuadro de la nota. La dirigente afirmó que “el proyecto montonero” estaba “definitiva y absolutamente agotado”. Sin embargo, señaló la participación de “miles de los mejores militantes que ha tenido nuestra generación (aunque tenga el aspecto doloroso del sacrificio de los compañeros)”.
Si bien el artículo albergó una variedad de críticas a la organización armada y a la forma en que desplegaron sus políticas durante sus últimos años, Eduardo Blaustein se diferenció de los planteos de Levinas. Así, Blaustein mencionó que “no es intención de esta nota el señalamiento fácil y la destrucción sistemática de Montoneros como experiencia histórica, sino brindar mínimos apuntes racionales sobre la profundidad de la involución política de la organización guerrillera”.[44] El periodista explicitó su punto de vista en la conclusión de la nota: “Considerando que parte de los muertos y desaparecidos de este país dieron sus vidas por un cierto, aunque confuso proyecto de país, no sería honesto añadir aún más silencio a los cementerios poblados de tumbas N.N.”.[45]
Por su parte, más de un año después, mientras las cúpulas militares eran juzgadas y la crisis económica se intensificaba, en agosto de 1985 se produjo una huelga de los obreros de la fábrica Ford. En su nota “El temor a los obreros”, Salinas recordó que la llamada “guerrilla industrial” – expresión acuñada por el radical Ricardo Balbín– era la preocupación central de los militares que habían llevado a cabo durante el golpe de Estado de 1976. Eran los trabajadores organizados al interior de las fábricas la preocupación de las Fuerzas Armadas y la causante de la irrupción del orden constitucional y no la guerrilla “foquista” dado que esta ya había sido derrotada. Para el periodista, la práctica de los asalariados había sido realmente “subversiva” porque iba contra el orden de cosas que planteaba el sistema.[46] Aquí se observa que para Salinas la “subversión” se inscribe en un proceso de radicalización que excede a las organizaciones armadas y que tuvo como epicentro la sindicalización.
De acuerdo con lo expuesto, la revista presentó tensiones en las caracterizaciones de sus diferentes textos con respecto a la actuación de las organizaciones armadas. Resulta interesante poner de relieve la divergencia que se evidencia al interior de la publicación entre Levinas y las distintas posiciones vertidas en ella. Estas voces diversas se vieron plasmadas incluso en un contexto donde las necesidades judiciales de la posdictadura elevaron los atributos humanos de las víctimas por sobre la dimensión política de sus motivaciones. Asimismo, estas circunstancias particulares estuvieron atravesadas además por los decretos de Raúl Alfonsín que permitieron juzgar guerrilleros por su accionar pretérito. Como mencionamos, algunas de las miradas expresadas en la publicación afirmaron la legitimidad del uso de la fuerza, mientras que otras posiciones contextualizaron el accionar de las organizaciones armadas en la situación latinoamericana y mundial.[47]
Palabras finales
En este artículo analizamos la forma en que la revista El Porteño abordó la radicalización política entre los últimos años de dictadura y los primeros años de vida democrática. Pudimos analizar la forma bajo la cual la publicación indagó en la derrota de las organizaciones armadas en diferentes ocasiones. Así como en los últimos años de la dictadura militar la represión fue un factor que condicionó las posiciones acerca del accionar de la guerrilla, durante el gobierno de Raúl Alfonsín (1983- 1989) los requerimientos judiciales que moldearon muchas de las posiciones porque podía significar la cárcel para aquellos miembros de las organizaciones armadas que estaban vivos y continuaban en el país. Al interior de las páginas de la revista fue habitual el uso de la elipsis y los sobreentendidos para rememorar lo acontecido, quizás porque ser acusado de haber cometido delitos “terroristas” y “subversivos” –o incluso haber pertenecido a Montoneros o el PRT-ERP– implicaba la posibilidad concreta de ir preso. Pero también el silencio y las omisiones indicaban —al igual que el título elegido para este trabajo— la imposibilidad de poner palabras a la experiencia vivida. Como el narrador de Benjamin, quedaban enmudecidos ante la magnitud de la violencia vivida y ejercida sobre sus cuerpos.
A lo largo de estas páginas, pudimos observar cómo la revista expresó — a la vez que construyó— en forma temprana una representación generacional de la militancia que será durante las siguientes décadas clave para acceder a las trayectorias vitales del pasado reciente. Al interior de la revista se expresaron y convivieron dos miradas sobre estos grupos. En un sentido, desde sus páginas se sostuvo un repertorio discursivo que ahondó un sentido melancólico y utópico sobre la generación de la guerrilla que idealizó sus horizontes y sus motivaciones. En otro sentido, la publicación –sobre todo desde la mirada de su fundador y director– expresó una condena explícita que radicaba en una concepción negativa de la violencia y de la política armada. Esta última posición encarnada en la figura de Levinas fue acompañada de la responsabilización de la guerrilla de la espiral de violencia del gobierno de María Estela Martínez de Perón y del golpe de Estado de 1976.
Durante la apertura del año 1983 y en 1984 en el contexto de la recopilación de los testimonios de las víctimas del terrorismo de Estado, El Porteño tendió a formular una lectura moral que colaboró con la denuncia de las víctimas, la reconstrucción del pasado y legitimó el accionar de la justicia. Las actividades llevadas a cabo por las organizaciones armadas se condenaron en la dimensión del uso de la violencia, realizando una operación discursiva donde se buscó separar medios de fines. Esta mirada –encarnada mayormente por Levinas quien continuó en la dirección de la publicación hasta octubre de 1985– fue matizada y cuestionada desde otros espacios dentro de la revista tales como cartas de lectores y las columnas y entrevistas a dirigentes como Augusto Conte.
Mientras que la evaluación de la violencia revolucionaria fue ambigua, la condena frente a los crímenes cometidos por el Estado fue amplia y contundente. Numerosos artículos e investigaciones fueron publicados en la revista donde se denunciaba el accionar represivo dotando de humanidad a sus víctimas. El horror vivido obturó las posibilidades de pensar críticamente la experiencia construyendo figuras para representar el pasado donde primó una dimensión utópica que impidió una reflexión más profunda sobre el uso de la violencia
De esta manera observamos cómo la preocupación por los efectos de la violencia y el interés por expresar una mirada comprometida con lo vivido no fue privativa de la posdictadura. Por el contrario, durante el último tramo del gobierno de facto —en convivencia con el accionar del terrorismo de Estado— desde la revista se ensayaron explicaciones para comprender lo acontecido. Esto permitió conjugar ideas, repertorios discursivos y posiciones políticas que abordaron distintas representaciones acerca de la lucha armada y la radicalización política. Este abanico de posiciones —que se ubicaban entre la justificación contextual y la responsabilidad sobre el golpe de Estado— supusieron una tensión entre aquellos sectores opuestos a la dictadura y los crímenes castrenses expresando las disputas por el sentido de la democracia.
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Recepción: 14/05/2026
Evaluado: 22/06/2026
Versión Final: 25/07/2026
(*)Becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas con sede en el Instituto de Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Magister en Historia Contemporánea Universidad Nacional de General Sarmiento. Profesora de Enseñanza Media y Superior en Historia, Universidad de Buenos Aires. Correo electrónico: caroliberczuk@gmail.com. ORCID: https://orcid.org/0009-0006-0358-7339
[1] De esta forma, la periodización propuesta busca colaborar a la superación de las dicotomías cambio/continuidad y dictadura/ democracia para el análisis del período. Para el examen de los últimos años de dictadura y los primeros años de vida democrática, tomamos la idea planteada por el historiador Luciano Alonso (2020) sobre el devenir rugoso del período donde los movimientos temporales no abarcan en forma homogénea todos los aspectos de la vida social.
[2] Estas preocupaciones se inscriben en la investigación realizada para mi tesis de maestría. Ver Liberczuk, (2025a).
[3] Siguiendo a la filósofa Nora Rabotnikof (2008) nos interesa ahondar en aquellas memorias de la política post dictatoriales -entendidas como las narraciones donde los contemporáneos del período construyeron el recuerdo de ese pasado y lo articularon con el presente (Rabotnikof, 2008).
[4] Flores Correa, Mónica, “La generación de la guerrilla”, El Porteño N°17, mayo de 1983, p. 19-23.
[5] Ibid, p. 19.
[6] Ibid. Es significativo que –probablemente asociado a su origen radical –el dirigente caracterizó el período de democracia restringida que se produjo entre los años 1958 y 1966 donde se celebraron elecciones con la proscripción del peronismo como un momento en el que “se gozó de los beneficios de las libertades democráticas”. En ese sentido, Alfonsín había planteado que durante el gobierno de J. D. Perón él había sentido que vivía en una dictadura. Ver Levinas, Gabriel, “Alfonsín: ‘Hasta los recuerdos fueron militarizados’”, El Porteño N°8, agosto de 1982, pp. 10 y 11.
[7] Flores Correa, Mónica, “La generación de la guerrilla”, El Porteño N°17, mayo de 1983, p. 20.
[8] Ibid.
[9] Ibid.
[10] Ibid, p. 21.
[11] Ibid, p. 21.
[12] Ibid, 22.
[13] En un artículo que reconstruye la experiencia de la carrera de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires durante la última dictadura militar, Lucas Adur (2020) reproduce el testimonio de Silvia Tieffemberg una alumna que recordó a María Elena Capristo como una profesora joven, que tenía a su cargo el práctico de la materia Griego y que les permitió el acceso a sus alumnos a una lista de autores prohibidos.
[14] Flores Correa, Mónica, “La generación de la guerrilla”, El Porteño N°17, mayo de 1983, p. 23.
[15] Ibid, p. 22.
[16] Ibid, p. 23.
[17] Carta firmada por Miguel Ángel Sánchez. Lanús Este, “Cartas del lector “, El Porteño N°18, junio de 1983.
[18] Ibid.
[19] Ibid.
[20] Levinas, Gabriel, “Augusto Conte Mac Donell: ‘Se llevaron lo mejor de una generación’”, El Porteño N°18, junio de 1983, pp. 11-14.
[21] Ibid, p. 12.
[22] Ibid, p. 14.
[23] El Porteño N°25, enero de 1984.
[24] Gabriel Levinas, Eduardo Blaustein y Andrea Ferrari:” ERP: la cárcel y después”, El Porteño N°25, enero de 1984, pp. 6- 13.
[25] Ibid, p. 7.
[26] Subrayamos esta cuestión dado que la idea de que la guerrilla “pague por sus crímenes” homologando esta violencia con la violencia estatal, fue un elemento que continuó en la discusión pública de los años siguientes hasta la actualidad.
[27] Ibid, p. 12.
[28] Ibid, p. 12.
[29] Ibid, p. 13.
[30] Levinas, Gabriel, “Carta del director”, El Porteño N°25, enero de 1984, p. 3.
[31] Ibid.
[32] Ibid.
[33] Levinas, Gabriel, “Carta del director”, El Porteño N°25, enero de 1984, p. 3. El destacado es nuestro. Confino y González Tizón (2024) en su trabajo sobre la versión argentina del negacionismo ubicaron esta posición — es decir la “guerrilla como causante de la represión”— en el universo de ideas que formó parte de las posiciones de quienes justificaron o relativizaron el terrorismo de Estado.
[34] “Cartas del lector”, El Porteño N°27, marzo de 1984, p. 4 y continúa en p. 67.
[35] Ibid, p. 4
[36] Ibid, p. 67.
[37] Blaustein, Eduardo.: “¿Vuelven los montoneros?”, El Porteño N°29, mayo de 1984, pp. 12- 16.
[38] Ibid, p. 12.
[39] Ibid, p. 13.
[40] Ibid, p. 13.
[41] Symns, Enrique, González, Juan, “Tróccoli y las reglas del juego” El Porteño N°29, mayo de 1984, pp. 9- 11.
[42] Blaustein, Eduardo.: “¿Vuelven los montoneros?”, El Porteño N°29, mayo de 1984, p. 14.
[43] Ibid, p. 16.
[44] Ibid, p. 15.
[45] Ibid, p. 16.
[46] Salinas, Juan José: “El temor a los obreros”, El Porteño N°44, agosto de 1985, p. 28.
[47] Estos elementos nos sirven para pensar la relación con la violencia durante el período en el cual finalizaron las dictaduras y se produjeron los retornos al orden constitucional en el Cono Sur. Frente a las ideas que sostienen que durante la década de 1980 se disolvieron los movimientos insurgentes y la democracia reemplazó a la lucha armada. Es menester señalar que estos movimientos continuaron en vastos lugares de América Latina. Como señala Confino (2024) durante la última década de la Guerra Fría existieron movimientos armados que se articularon en clave transnacional. No es casual que la revista El Porteño le haya otorgado un lugar de relevancia a la situación política nicaragüense. Conte, Augusto, “Nicaragua, tierra que convoca”, El Porteño, N°31, julio de 1984, p. 52.