Resumen
El escaso desarrollo de la historia ambiental en la región ha hecho que esas inundaciones y muchos otros eventos similares no cuenten con un registro historiográfico. El artículo presenta un relevamiento de la prensa del período, enumera y segmenta esos eventos, ofrece algunas pistas bibliográficas en la producción científica local y sugiere claves interpretativas para su abordaje, como la teoría de la construcción social del riesgo y la biopolítica, paradigmas que han sido de gran utilidad para el estudio de casos en otros escenarios latinoamericanos.
Palabras clave: Rosario; Arroyo Ludueña; Inundaciones urbanas; Desastres.
“Chirleados por el Ludueña”. The urban floods in Rosario during the infamous decade 1931-1940
Abstract
Between 1931 and 1940, the northern part of the city of Rosario was the scene of a series of large floods of the Ludueña Stream, which affected a large area of the municipality and therefore generated a mobilization in Rosario society, launching individual and collective actions, and obviously also from the three levels of the state to assist the victims, to reconstruct the damage and to promote works to prevent future events of this type.
The scarce development of environmental history in the region has meant that these floods (and many other similar events) do not have a historiographical record. The article presents a survey of the press of the period, lists and segments these events, offers some bibliographical clues in the local scientific production and suggests interpretive keys for their approach, such as the theory of the social construction of risk and biopolitics, paradigms that have been very useful for the study of cases in other Latin American scenarios.
Key Words: Rosario; Arroyo Ludueña; Urban floods; Disaster.
“Chirleados por el Ludueña”. Las inundaciones urbanas en Rosario durante la década infame. 1931-1940.
Introducción
Ubicada en las barrancas del Río Paraná, en el largo litoral de la provincia de Santa Fe, Rosario no ha tenido problemas con los desbordes del llamado “pariente del mar”. Su posición elevada respecto del río, a diferencia de muchas de las ciudades cercanas, le permitió contemplarlo desde arriba con la tranquilidad de que nunca se haría presente en sus calles.
Pero si evocamos el nombre original del paraje donde se levantó Rosario, el de “Pago de los arroyos” podemos desplazar la mirada tradicionalmente orientada hacia el río, para reparar en esos otros cauces menores, que han llenado de zozobras a los barrios periféricos de la ciudad.
Las inundaciones por desbordes -no contemplo aquí algunos barrios o zonas específicas que se anegaron por problemas de drenajes- que aquejaron a los barrios de Rosario durante todo el siglo XX, tienen como protagonistas a sus dos arroyos, los que fueron hasta 1919 los límites del municipio: el Ludueña en la zona norte y el Saladillo en la zona sur.
El presente artículo se propone ofrecer un breve relato de una serie de eventos de desborde del Arroyo Ludueña seguidos de la inundación de una amplia zona de la ciudad, reconstruidos a partir de la forma en que fueron abordadas desde la prensa gráfica del momento. Relevamos para ello el ciclo compuesto por los episodios de 1931, 1933, 1938 y 1940. Este ciclo en sí mismo constituye una unidad de análisis, porque permite comprender cabalmente los efectos de las formas de ocupación del espacio en la ciudad, la expansión de la ciudad detrás del motor de la renta urbana y los modos en que se concebía la relación entre esa dinámica y los paisajes acuáticos que pasaron de rurales a urbanos en unos pocos años.
También es nuestra intención ofrecer algunas pistas bibliográficas para comprender el marco general y los posibles abordajes a los hechos, hasta hoy ignorados por la producción historiográfica.
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La ciudad de Rosario en 1930 culminaba un impresionante ciclo de crecimiento iniciado en 1850 alrededor de su puerto que sería el primero en importancia en cuanto a la exportación de cereales en el país. Su población pasó de 50.000 habitantes en 1887 a 112.000 en 1900 para llegar a aproximadamente 300.000 en 1930. En este sentido no debe extrañarnos que en el vértigo de la expansión urbana el diseño de la ciudad no respondiera a criterios elementales de planificación, dejando los lugares más riesgosos para los habitantes más pobres que, o se hacinaban en conventillos en el centro y en torno a algunos núcleos productivos como la Refinería del Azúcar o los talleres del ferrocarril y luego el Frigorífico Swift, o en viviendas precarias en los suburbios, algunos de los cuales estaban surcados por los arroyos antes mencionados.
MAPA 1. Ubicación de la ciudad de Rosario

El arroyo Ludueña nace al oeste de la ciudad de Rosario, en un paraje que se llamó “bajo hondo” una nomenclatura que habla por sí sola respecto de su propensión a acumular agua, a unos 22 km del río Paraná.
Su cuenca abarca unos 700 Km2 y su punto medio se ubica en la latitud 32º 56’ S y 60º 48’ W. Sube con rumbo norte hasta los 32º 9’ desde donde toma un serpenteante rumbo este hacia su desembocadura en el Río Paraná. El gran problema que genera la gestión del Ludueña, como la de otros cauces pequeños de la provincia de Santa Fe, es que si bien su caudal base es de 0,50 m3.s-1, en períodos de crecidas ordinarias se pueden alcanzar los 80 m3.s-1 y en un ciclo de 50 años, los caudales son superiores a los 400 m3.s-1, con una escasísima pendiente de 0,0014 m/m (Montico et al 2019, Collins y Avendaño 2016).
Desde el siglo XVII, el arroyo fue utilizado como referencia territorial y más adelante como límite entre jurisdicciones. Desde la creación de la Municipalidad de Rosario en 1862 el arroyo fue el límite norte de la ciudad, hasta 1919 cuando el ejido urbano de Rosario creció hacia el norte e incorporó a los entonces pueblos de Sorrento y Alberdi, y desde entonces gran parte del recorrido final del arroyo quedó incorporado a la jurisdicción de la ciudad de Rosario.
La expansión de la ciudad hacia el norte tuvo como vector principal el camino a San Lorenzo y Santa Fe -actuales Avenida Alberdi y Boulevard Rondeau-. La vera de ese camino se pobló granularmente, en un proceso con el cual colaboraron los emprendimientos industriales importantes instalados en ese rumbo, que funcionaron como grandes atractores de población fundamentalmente obrera: la Refinería del azúcar en 1901, la planta de la Compañía de Aguas Corrientes en 1887 y los talleres del ferrocarril en 1880, a las que más adelante se le sumaría la Usina Sorrento en 1911y de la Sociedad Eléctrica Rosario, ubicada justamente unos pocos metros de la desembocadura del arroyo.
MAPA 2. Cuenca del Arroyo Ludueña en su sección urbana

Si bien desde el primer momento mencionado se registran actividades y asentamientos poblados, es a partir de las primeras décadas del siglo XX en que se urbaniza gran parte de la cuenca gracias a la expansión hacia el norte y oeste del casco urbano de la ciudad de Rosario.
Durante muchos años el único puente que permitía cruzar el Ludueña era el Puente Arroyito, ubicado a la altura de la avenida Alberdi y era la única conexión hacia el norte de Rosario, pero también hacia San Lorenzo y Santa Fe, lo que permite imaginar la importancia de las crecientes para la conectividad de la ciudad. Hacia el oeste del puente, siguiendo el arroyo, se fue asentando en forma más o menos regular una gran cantidad de pobladores que lo tomaron como principio urbanizador, dado que no estaban aún trazadas las calles. En los planos del Censo Municipal de 1910, puede verse la cuadrícula urbana del barrio Arroyito y en el de 1927, que reproducimos más abajo se ve la del barrio Larrea, hoy llamado Empalme Graneros. Este es el área de la ciudad que más sufrió las crecidas que hoy analizamos, porque si bien el arroyo desbordó en todo su tramo, la zona oeste estaba más escasamente poblada en el período estudiado.
El Ludueña es protagonista de una curiosa paradoja: si su escaso volumen le valió desde muy temprano el mote de “El arroyito”, quizás como una compensación para la denigración del diminutivo, se permitió darle nombre a un barrio y cada tanto hacerse presente en los hogares de amplias barriadas durante un largo período de años.
Como puede verse en la Imagen 1, en el momento en que se planeó la ocupación de esa área, se pasó por alto o se subestimó la presencia del arroyo y sus bañados, sin reparar en las diferencias de altura de los suelos, ni mucho menos en las crecientes estacionales
IMAGEN 1. Plano de la ciudad de rosario, 1927

Estaba claro que esos terrenos eran anegables. 1909 y 1914 habían sido años con grandes inundaciones. Esa característica hizo que las tierras aledañas al arroyo fueran más accesibles para los pobres urbanos, que pudieron acceder mediante facilidades de los propios especuladores en bienes raíces, que pagaban bajos precios para compensar el gran inconveniente de convivir con la amenaza permanente de la inundación. Como resume un cronista de La acción
La gente humilde que habita por obligación en las afueras de la ciudad, y que con plausible esfuerzo tratan de llegar a ser propietarios de una pequeña casita, o bien alquilan una modesta vivienda siempre más barata que en los puntos más centrales, está pasando por desidia de las autoridades que han tenido a su cargo la nivelación de los caminos y de las que deben cuidar los desagües momentos de angustia.[1] (Destacado del autor)
La mejora en la infraestructura y la baja de precios de la red tranviaria permitió a los trabajadores desplazarse hacia la periferia, y consolidar nucleamientos habitacionales en los barrios alejados (Roldán, 2012). A esto debemos sumar que la crisis de 1930 generó una baja sustancial en el valor de las tierras urbanas, como queda claro en el trabajo de Lanciotti et al (2020) de donde tomamos el siguiente cuadro:

Ratificado en la percepción de los rosarinos de esos años como podemos leer en un artículo titulado “Noticias de Arroyito. La edificación.”
También la gente modesta se preocupa de construir la casa propia aprovechando las facilidades que brindan los señores [...] quienes son los encargados de lotear los terrenos y venderlos a plazos por mensualidades de 6 pesos, en forma tan liberal que los que los adquieren entran en posesión de ellos en el acto de abonar la primera mensualidad.[2]
Un estudio más específico sobre la zona de los barrios Larrea, Empalme Graneros y Arroyito permitirá conocer la evolución de esos valores entre 1931 y 1938 -tras haber sufrido grandes inundaciones- y los cambios -si los hubo- luego de la finalización de la obra del entubamiento. Lamentablemente, las estadísticas de que disponemos no nos permiten calcular la cantidad de gente que ocupaba las secciones 7ma, 8va y 9na, para poder estimar los hogares o personas afectadas, de modo que debemos trabajar con conceptos territoriales como “áreas” o “barrios” sin poder ofrecer mayores precisiones numéricas.
En esas condiciones, no es de extrañar que ya en 1937 apareciera una nota en La Capital en la que se afirma que la Municipalidad de Rosario informará a la dirección de Obras Públicas de la Provincia sobre la situación del Ludueña. Allí se dice que
la comuna procederá, alegando razones de seguridad pública a desalojar a todos los pobladores de la zona y a destruir los edificios de la misma.
No se descarta que esa actitud de la Municipalidad acarreará la iniciación de innumerables juicios por los actuales propietarios de esos terrenos contra sus vendedores que los comerciaron indebidamente.
El loteamiento y venta de los mencionados terrenos data desde poco después de 1900.[3]
Es decir que de alguna manera ya estaban instaladas en los debates públicos las condiciones particulares en las que se habían ocupado las riberas del Ludueña y asociados a la particular situación de vulnerabilidad en que se encontraban.
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Las inundaciones urbanas en la provincia de Santa Fe han sido recurrentes, sin embargo, el asunto ha sido poco abordado desde las ciencias sociales. Desde hace unos pocos años, la ciudad de Santa Fe hizo punta con una serie de estudios en los cuales da cuenta de algunas de las más relevantes, como fueron las inundaciones de 1982 y 2003, pero curiosamente el tema no ha logrado generar un volumen acorde a su repetición (Beltramino y Filippon 2017, Beltramino 2018, 2021) y menos aún lo ha logrado entre los historiadores, generando para quienes lo intenten una dificultad principal: muchas de las construcciones teóricas disponibles analizaban escenarios de fin de siglo XX o de los primeros años del siglo XXI, lo que requiere ciertos ajustes para períodos temporalmente anteriores.
En nuestro recorte epocal, por ejemplo, encontramos a un Estado nacional aun saliendo de la crisis de 1930, en momentos en que busca redefinir sus formas de intervención en distintos conflictos sociales -con el movimiento obrero, con los productores agropecuarios, con los partidos de la oposición- a la vez que desarrolla algunas políticas intervencionistas como la creación de las Juntas Nacionales de Carnes, Tabaco, Yerba, Granos y algunas otras medidas clásicas del período de entreguerras.
Es muy importante aclarar que la ciudad de Rosario tuvo diecisiete intendentes en el período que va desde el Golpe de Estado de septiembre de 1930 hasta 1940. Sólo uno de ellos fue electo por voto popular, siendo los otros elegidos desde la capital de la provincia por gobernadores -ya que así lo disponía la Constitución Provincial- a veces electos -dos de diez, en elecciones fraudulentas- y a veces fruto de intervenciones federales. En ese marco es razonable que las respuestas a la gestión de los problemas urbanos fuera inmediatista y de corto alcance. Sólo cuando asumió Manuel de Iriondo, miembro de una familia con larga tradición en el poder provincial, y en cierto clima de estabilidad política, pudo afrontarse la obra del entubamiento.
En cierto modo, municipio y provincia van detrás de los acontecimientos, asistiendo a los damnificados, naturalizó de alguna manera las inundaciones y postergó las escasas inversiones en las infraestructuras urbanas (drenajes, entubamientos, canalizaciones, normativas para la ocupación del espacio). En la zona del Ludueña, esta actitud llegará a su límite en 1938, cuando por razones que ya veremos, se toma la determinación de ejecutar la obra del entubamiento.
La mencionada obra se terminó en 1942 y merced a la urbanización de la cuenca, quedaría caduca en la década de 1960, tras otro ciclo de inundaciones. Cada una de estas inundaciones, reavivó el debate en todos los niveles acerca de las causas climáticas, técnicas y socio-políticas del fenómeno, como así también las políticas a implementar para evitar su repetición. La última gran inundación del Ludueña, ocurrida en 1986 impulsó la construcción de la represa retardadora que hasta hoy ha garantizado la seguridad de la zona, aunque las negligentes políticas de ocupación de la cuenca aguas abajo de la represa arrojan sobre la población de Empalme Graneros y Arroyito la sombra terrible de las experiencias vividas por las generaciones anteriores.
En la medida en que el tema no ha sido construido como problema de conocimiento, más que de hacer un balance bibliográfico, de lo que se trata es de sobrevolar cuáles serían los trabajos que habría que relevar para poder construirlo, dado que la problemática involucra muchos aspectos que han sido abordados, pero no en forma integrada. Existe una gran producción científica tanto sobre la ciudad de Rosario en el período como sobre el Arroyo Ludueña, pero no contamos con estudios que analicen la relación entre el Ludueña y la ciudad en esos años. La historiografía local espera todavía por trabajos que expliquen o describan la relación entre la ciudad y su entorno físico desde la ecología política o la historia ambiental. Y allí habrá un capítulo no pequeño de la historia de las inundaciones que asolaron no sólo a la zona norte de la ciudad, sino también de las de la cuenca del Saladillo y los anegamientos de los barrios bajos que durante tantos años sufrieron la falta de desagües apropiados.
Los estudios enfocados en el Ludueña son fruto del trabajo de un equipo de ingenieros que a partir de los años ochenta realizó en forma sistemática una gran producción que nos permite hoy disponer de un conocimiento cabal de la dinámica de la cuenca para los últimos 50 años. Los trabajos de Zimmermann, Basile, Ricardi, Montico et al, fueron insumos para algunas de las políticas públicas orientadas al control de sus desbordes. Muchos de esos trabajos hacen hincapié en las transformaciones generadas por los cambios en el uso del suelo, el paso de la ganadería a la agricultura y dentro de esta, de la labranza convencional a la siembra directa. Esas transformaciones en las zonas rurales de la cuenca, sumadas a la urbanización de otras, modificaron sus niveles de absorción y escorrentía, generaron el entorno propicio para la gran inundación de 1986.
Debemos también señalar nuestro propio trabajo (2021, 2024) y el de Gustavo Fernetti (2020) quien pone en diálogo los discursos del urbanismo y los de la antropología para analizar el tema de las aguas urbanas.
Hay sí, una enorme producción sobre la Rosario de los años treinta problematizando las transformaciones físicas y urbanísticas. Mucho tiene que ver con esto ese gran proyecto que fue el Plan Regulador de 1935 dirigido por Della Paolera, Farengo y Guido (Galimberti, 2016; Fedele 2022). Este proyecto -que fue seguido de otros impulsados por los organismos estatales en las décadas siguientes- tuvo una enorme influencia en el pensamiento urbanístico de la ciudad y fue permanentemente retrabajado y analizado hasta fechas recientes (Martínez de San Vicente 1992). En lo que a nuestro tema respecta, el Plan contemplaba grandes intervenciones en la cuenca del Ludueña, incluyendo el entubamiento de una sección y la preservación de una enorme zona que funcionaría tanto como zona de absorción de lluvias como de destino para las aguas que desbordaran el cauce. Pero el Plan no se concretó y las soluciones al problema de la inundación surgieron desde otras usinas de pensamiento.
Otra tradición importante en la que se debe abrevar es la inaugurada por Ricardo Falcón en los años ochenta del siglo XX y continuada por autoras como Agustina Prieto (2000) y María Pía Martín en solitario (2020) y en colaboración con Pasquali (2018); aquí pueden incluirse también –sabiendo que esta lista es injusta con muchos otros autores- los trabajos de Oscar Videla (2006), Videla y Menotti (2013 y 2019) y Carlos Álvarez (2025). Todos estos autores desarrollaron una gran producción sobre las formas de la vida obrera y del mundo del trabajo, con algunos de los problemas asociados como la habitación, la salubridad, la actividad política y la sociabilidad. Estos trabajos lograron consolidar un campo de estudios que aún da frutos, aunque todavía no haya pisado fuerte sobre la década de 1930.
Por su parte, Diego Roldán (2005) ofrece algunos trabajos que son fundamentales para comprender las transformaciones de la ciudad en la década del 30 y la forma en que la sociedad y el Estado rosarinos generaron adaptaciones y conflictos a las mismas. En su libro toma la situación de la vivienda popular en el período y le dedica un capítulo al proyecto denominado “La vivienda del trabajador”, un emprendimiento en el cual el municipio local orientaba recursos para la construcción de viviendas para los trabajadores. Si bien el derrotero del proyecto fue tortuoso y con intensos debates, se trató sin duda de una política del Estado orientada a resolver algo que era considerado un problema social en la ciudad. En otro trabajo aborda el problema de la expansión de la ciudad y la crisis en la prestación de ciertos servicios públicos (Roldán 2022), y el rol que comienzan a cumplir las vecinales en momentos de inestabilidad y deslegitimación del sistema político.
Otro abordaje sobre el “habitat popular” -según la denominación utilizada por la autora- y los barrios periféricos puede encontrarse en los trabajos de Cecilia Pascual (2017), quien se enfoca en el análisis de los discursos vigentes en el momento acerca del conventillo -donde primaba una perspectiva higienista que lo veía como el foco de contaminación y propagación de enfermedades- y analiza la expansión hacia el oeste. La autora analiza también las formas precarias en las que se fue ocupando la zona, dejando en claro que una periferia sin servicios ni infraestructura, también podía ser un factor de insania para quienes allí vivieran.
Desde una perspectiva económica, los trabajos de Lanciotti et al (2020) y Cutruneo (2010), por mencionar sólo algunos, permiten tener una idea del cómo funcionó el mercado inmobiliario en la ciudad. Estos trabajos describen las condiciones económicas generales en las cuales la ciudad de Rosario tomó nueva forma y dimensión en la transición de los gobiernos radicales hacia el peronismo, con las transformaciones sociales que sobrevinieron a causa de la sustitución de importaciones y el crecimiento de las industrias mercadointernistas y con las políticas integrales promovidas desde 1946 por el gobierno de Juan Perón.
Para culminar este apartado digamos entonces que conocemos al Ludueña reciente gracias al trabajo de los ingenieros, conocemos a la Rosario de entonces gracias a los historiadores y conocemos cómo se transformó la ciudad y como se pensó esa transformación desde el punto de vista material gracias a los urbanistas y los historiadores economistas. Toca a la historia ambiental el trabajo de problematizar en estas producciones para explicar la articulación de la ciudad de Rosario con el arroyo en un contexto histórico específico y la forma en que se gestionaron los riesgos que generó tener un amplio sector de la ciudad atravesado por un cauce de agua de tan amplia volatilidad.
Ahora bien, con el escenario historiográfico desplegado, será importante establecer tratamientos teóricos para pensar justamente un fenómeno o un ciclo de sucesos como el que hoy abordamos. Lamentablemente -o no- aquí está todo por hacerse para la historia local y regional. Quizás por un imaginario demasiado “culturalista” la ciudad de Rosario -como colectivo humano con una historia compartida- no se ha permitido indagar sobre su relación conflictiva con el entorno físico que la rodea, lo que la obliga a un esfuerzo supremo: omitir hechos de altísima visibilidad como las inundaciones.
Si como dice Karen Bakker (2012) “water is thus intensely political in a conventional sense: implicated in contested relationship of power and authority”, será muy productivo pensar la relación en que las distintas clases sociales vivían su cercanía con el agua, más allá del acceso al servicio de agua potable, o del disfrute de las costas del río para llegar al agua agresiva y destructiva que significa un arroyo desbordado.
Una posibilidad es incorporar la perspectiva de aquellos estudios que trabajan los procesos de desastre en el marco de la “construcción social del riesgo” un concepto estrechamente asociado a la mirada sobre la “vulnerabilidad” como bien señala García Acosta (2005). En este sentido incorporamos también como referencia los trabajos señeros de Alan Lavell, quien ha dejado una extensa obra, compuesta tanto de estudios de caso (2000), como de reflexiones teóricas y miradas retrospectivas respecto de la problemática (2005). A esto le sumó además un compromiso personal en la articulación con organizaciones de la sociedad civil a través de su participación en la Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina. Su formulación de la tríada riesgo - amenaza - vulnerabilidad, resulta de máxima utilidad para quienes visiten estos temas. Veamos cómo lo enuncia el propio Lavell (2000)
El riesgo constituye una condición latente para la sociedad. Representa la probabilidad de daños, los cuales, si alcanzan un cierto nivel, que es en sí socialmente determinado, pasarán a ser conocidos como “desastres”. El riesgo, que es inherente a la vida en el planeta, se conforma por la interacción en un tiempo y territorio específicos, de dos factores: las amenazas y las vulnerabilidades sociales. Las amenazas hacen referencia en términos genéricos, a la probabilidad de la ocurrencia de un evento físico dañino para la sociedad, y las vulnerabilidades, a la propensidad de la sociedad (o un subconjunto de ésta) de sufrir daños debido a sus propias características particulares. No puede haber amenaza sin vulnerabilidad, y viceversa. La relación entre ambos factores es dialéctica y dinámica, cambiante y cambiable. Estos cambios se deben, tanto a la dinámica de la naturaleza, como a la dinámica de la sociedad.
La marginación espacial de los pobres y la ocupación de zonas inundables, puede hacer lugar a las perspectivas de la biopolítica como ha hecho Marchezini (2015) en su análisis de un evento específico en Sao Luiz do Paraitinga en el cual puede verse el rol cumplido por las agencias estatales en la gestión del desastre, que el autor enumera del siguiente modo: la construcción de “discourses of power and knowledge, categories and target populations, disaster narratives, the management of the disaster response by the police, and social workers” (2015). Incorporar estos elementos al análisis podría ayudar a conocer nuevas dinámicas políticas y sociales para la ciudad y la región en el período.
De utilidad también nos ha resultado el trabajo de Saavedra, que organiza en gran forma la literatura y los ejes principales de la “biopolítica de los desastres”. Allí se propone al paradigma de la biopolítica como un buen marco de comprensión para los fenómenos como los que hoy abordamos, en el que se comprende que los desastres se posicionan
as objects of practices, discourses, and materializations constituting social intervention devices. A suitable analytical framework, such as the biopolitical perspective, facilitates distancing from perspectives that limit the treatment of disasters to technical management issues (Marchezini 2015, p. 370).
Cavaletti resume muy bien el cambio que significó el biopoder y el cambio del concepto tradicional de soberanía
el poder comenzó a actuar sobre los individuos como miembros de una especie biológica que es tomada en consideración en tanto se la quiere utilizar para producir riquezas, bienes o incluso otros individuos; es decir, cuando sale a la luz la noción de población como principio económico-político fundamental [...]
Si esta población ya no es la multitud de súbditos simplemente desplazada o contenida dentro de límites preestablecidos, si esta deviene ahora la principal función de la economía de poder, entonces también el territorio constituye ya una de sus variables (Cavalleti, 2010, p. 17)
Estos ejes pueden -y deben- aprovechar los estudios que desde el campo de la historia describen la conflictividad de clases en la ciudad capitalista de ese período histórico, para que el discurso sobre el poder no se pierda en el análisis de dispositivos o mecanismos específicos y se pierda de vista la estructura social como reproductora de desigualdad y asimetrías. La distribución del espacio urbano está atravesada por las diferencias de clase; la gestión de los conflictos espaciales -por ejemplo las inundaciones- apunta a normalizar el funcionamiento de la ciudad, y procuran en primer término la adaptación de los perjudicados hasta que el desastre genere tal grado de desorden en la dinámica urbana que dé lugar a un nuevo tratamiento, cualitativamente superior y como una solución más profunda y de más larga duración que puede ser representado por la “gran obra de infraestructura” o por el desplazamiento forzado de los habitantes de la zona vulnerable.
Esto en sintonía con lo que Williams, Rios y Vecslir (2018) proponen en la lógica de los territorios fluviales, una categoría que -a diferencia de la de “cuenca”- resulta más operativa para los estudios de ríos urbanos. Los autores ponen de relieve la importancia de estudiar los artefactos que median entre el agua y las sociedades, teniendo en cuenta las políticas públicas y los discursos que las legitiman.
Y es aquí donde debemos incorporar el aporte de quienes analizan la importancia política de las obras de infraestructura. Respecto de ello, Ballent nos plantea con claridad la necesidad de ver las de manera más amplia:
Entenderlas como mediación/intermediación implica que las infraestructuras tienen cierta agencia y coadyuvan a construir relaciones sociomateriales, condicionan (permitiendo o impidiendo) las relaciones sociales, económicas o políticas que hacen posible habitar un territorio, traficar o producir en él. El modo en que está configurada una infraestructura puede servir de lente que permite analizar determinados aspectos de las ciudades o territorios, de la sociedad o de la economía (Ballent 2023, p.17).
Es decir, debemos ir más allá de la materialidad de las obras y considerar la importancia que estas intervenciones estatales tienen en la construcción de determinado orden político. Como veremos más adelante, la coyuntura de la década de 1930 fue propicia por varias razones para este proceso, pero también es cierto que la voluntad de los Estados nacional y provincial en echar mano a las obras también debe ser pensada en clave de su propia construcción hegemónica.
Eso no quita que como bien indica Joyce, a la hora de gestionar las infraestructuras urbanas el liberalismo no haya pretendido quitar el carácter político a esas intervenciones, buscando “naturalizarlas” y plantear una escisión entre el mundo de los objetos -caños, desagües, etc- del mundo de las personas (Joyce, 2003, p. 70) para procurar brindar las condiciones para que lo social funcione “libremente”. Sería interesante -y lo consignamos en nuestra agenda de trabajo a futuro- analizar la etapa del gobierno peronista (1946-55) en que la intervención estatal en infraestructura, lejos de buscar naturalizarse, era una bandera principalísima de las políticas de la gestión y de la propaganda gubernamental.
Las inundaciones en la cuenca del Ludueña
El promedio de lluvias caídas en la región de Rosario es de aproximadamente 1.000 mm por año. Afortunadamente la ciudad cuenta con un largo registro de las lluvias caídas, lo que nos permite tener algún relevamiento para apoyar lo que podamos obtener de las notas periodísticas. Sabemos, sí, que la mayoría de las inundaciones del período que hoy reseñamos se han generado por la concentración en un período corto de tiempo de volúmenes de agua que no han podido ser absorbidos por los campos adyacentes y mucho menos por el cauce del arroyo que, aunque de barrancas elevadas en algunos tramos, no da abasto cuando los volúmenes llegan a valores críticos.
Tomamos la definición de inundación de Carlos E. M. Tucci
A inundação ocorre quando as águas dos rios, riachos, galerias pluviais saem do leito de escoamento devido a falta de capacidade de transporte de um destes sistemas e ocupa áreas onde a população utiliza para moradia, transporte (ruas, rodovias e passeios), recreação, comércio, indústria, entre outros. (2004, p. 70)
Las inundaciones de los barrios Empalme y Arroyito son tan viejas como los propios asentamientos. Lamentablemente no podemos obtener con precisión la cantidad de habitantes de la zona, y no podemos arriesgar demasiado respecto de la adjetivación que utilizó la prensa cuando caracteriza como “populosas” a esas barriadas. Los censos de la ciudad -que además escasean para el período trabajado aquí- apenas llegan a contabilizar con precisión las secciones de lo que se consideraba “la ciudad”, dejando grandes lagunas informativas para las áreas marginales, donde sí podemos saber que vivían algunos pobladores, pero no logramos saber cuántos ni siquiera con valores aproximados.
El recorte periódico obedece a que la gran obra de infraestructura iniciada en 1939 surge como respuesta a la secuencia de tres inundaciones importantes y la de 1940 es la última de este ciclo, que vino a ratificar la necesidad de los entubamientos.
1. 1931
La primera inundación de este muestreo es la de 1931. Aunque en los registros históricos los meses más lluviosos son los de marzo, abril y noviembre, no siempre las inundaciones más agresivas se dieron en esos momentos del año. De hecho, el año 1931 nos presentó dos: una en el mes de enero y la otra sí en el mes de noviembre, respondiendo a la estacionalidad que encontramos en el largo plazo.
El 23 de enero, el tema comenzó a aparecer en los periódicos y en una forma muy particular: “Rosario ya tiene su arroyo Maldonado”[4] -en referencia al famoso arroyo de la ciudad de Buenos Aires- sin faltar la alusión a la variabilidad del cauce “manso hilo de agua… que cuando caen cuatro gotas se convierte en un torrente”. Luego sí, aparecen los procedimientos habituales para estos casos: pedidos de auxilio a la comisaría y al cuerpo de bomberos y la escena de los vecinos que se niegan a abandonar sus casas.
Al día siguiente, ya comienzan a aparecer algunos actores institucionales, como la empresa de Ferrocarril que habilita vagones en la estación Empalme Graneros y Subprefectura que envió cuatro botes. La nota señala que en algunos sectores de Arroyito el agua llegó a los 2,50 metros.[5]
Con el agua bajando, aparecen algunas reflexiones que consideramos importante destacar. En primer término, aparece una nota de La Capital que apela a la responsabilidad de la población para la convocatoria a los bomberos. Recomienda llamarlos solamente cuando “la inundación de domicilios ponga en peligro la vida de los moradores o la resistencia de los muros”, cuando haya que apuntalar paredes o el drenaje de sótanos mediante bombas para salvar mercaderías. “En todos los demás casos el vecindario debe abstenerse de requerir los servicios del Cuerpo de Bomberos”.[6]
Por su parte el diario La acción lanza un enérgico editorial en el que se pregunta incluso si por estos problemas urbanos “los pobres se preguntan si no ha llegado el momento de levantar su campamento y huir hacia ciudades en que los hombres que manejan la cosa pública tengan más conciencia de sus deberes y del rol que deben desempeñar en la colectividad”[7]. Al respecto de este enunciado, consideramos que un relevamiento más extenso de los desastres en las provincias del interior del país, podría enriquecer la mirada sobre los procesos migratorios hacia las grandes ciudades en la década de 1930 y 1940.
La otra reflexión ex post que encontramos fue más tardía pero aguda: en abril del mismo año, una nota en el diario Democracia adelanta que, como se prevé, un invierno lluvioso “vuelve este peligro inminente a cernirse sobre numerosas familias que han reconstruido sus viviendas”[8] y arroja una sentencia “por tal motivo se espera que las autoridades municipales dispondrán de una comisión de técnicos que estudie la forma de canalizar a la brevedad este arroyo”.
Si en este caso la obra sugerida es la “canalización”, también el entubamiento estaba en la agenda[9]. Por lo que hemos recopilado, en ese contexto, canalizar significaba limpiar el cauce y dragarlo con el objetivo de que pueda absorber mayores volúmenes de agua, anhelando que como sugiere en una nota en La acción “con la profundización del lecho del Ludueña se conseguiría tan solo contrarrestar los efectos de las crecientes”.[10]
Pero ese año vino cargado de lluvias y así fue que antes de que pudiera realizarse cualquier obra, el Ludueña volvió a desbordarse. El 17 de noviembre, volvió a salirse de su “cauce natural”[11] y adjudica como absurda causa, la crecida del Río Carcarañá.
Evidentemente, esta repetición tuvo repercusiones inmediatas en las oficinas municipales, dado que, el 29 de noviembre, el Intendente decretó lo siguiente:
el Departamento de Obras Públicas procederá al estudio del cauce y curso de las aguas del arroyo Ludueña, desde los límites del municipio hasta su desembocadura en el Río Paraná, a objeto de informar a la intendencia acerca de las obras necesarias para evitar las inundaciones que se producen. Los estudios deberán contemplar dos soluciones posibles a) limpieza, ensanche y rectificación del cauce b) entubamiento de las aguas del arroyo, en la parte que pudiere ser necesaria, con motivo de atravesar zonas pobladas de la ciudad.[12]
También se propone el estudio de los terrenos linderos del arroyo, condiciones de habitabilidad de los mismos y superficies utilizables que ganarían los propietarios. Esto último se refiere a que muchos vecinos habían tomado como hábito ocupar el cauce del arroyo que, recordemos, durante gran parte del año era apenas un hilo de agua para “ampliar” de hecho sus propiedades, algo que fue reiteradamente señalado como causante de los desbordes. La situación tomó otra dimensión y es muy importante destacar que comienza a recuperarse la propuesta de “entubamiento” como una alternativa a las otras intervenciones físicas sobre el arroyo, una propuesta que se había planteado en el Concejo deliberante en el año 1914[13].
2. 1933
Las tradicionales lluvias de finales noviembre se adelantaron en ese año y el 29 de octubre, nuevamente el arroyo ocuparía las calles de los barrios y las tapas de los diarios locales. “Se desbordó el Ludueña. Bomberos”
Con las lluvias caídas en la noche del viernes y esta madrugada, las aguas del Arroyo Ludueña han aumentado considerablemente inundando varios barrios. Esta mañana, finalmente se agravó aún más la situación y muchos vecinos debieron abandonar sus casas.
Esta mañana las aguas llegaban al nivel del puente existente entre la Av. Alberdi y el Bv. Rondeau que es el camino de acceso a la ciudad.[14]
Destaquemos que la comprensión del fenómeno ya excedía las tradicionales “causas naturales”, La capital culmina su crónica con un análisis que da cuenta de que la comprensión del proceso incorporaba otros elementos.
La crecida de los arroyos Saladillo y Ludueña ha planteado nuevamente a centenares de vecinos a esas corrientes de agua situaciones angustiosas, que se tradujeron por el abandono de las modestas viviendas inundadas y la pérdida de muebles y ropas
De lo que acaba de ocurrir es en gran parte, responsable el gobierno municipal. Las autoridades no tienen por función solamente cobrar impuestos, sino administrar, dirigir, encauzar, en una palabra mandar.
Zonas anegadizas debieron ser objeto de obras de drenaje, prohibiendo la venta de terrenos para casas habitación.[15]
Lo que hoy llamamos “construcción social del desastre” ya estaba en los análisis del momento: se incorpora el tema de la planificación urbana y el de la vulnerabilidad de quienes viven en zonas de riesgo, dicho esto con terminología actualmente en uso. La nota agrega la mención a ordenanzas en que se prohibía construir edificios con barro, y sugiere que haga lo mismo con los litorales de los arroyos. Algo que luego sería contemplado por el Plan regulador de Rosario del año 1935 del Ingeniero Guido.
Pero curiosamente todavía no hay actores sociales que tomen este tema como parte de una agenda propia, tanto es así que en un momento el propio diario La Capital -que ya era con creces el de mayor tirada de la ciudad- se erige en interlocutor de las autoridades
La capital ha reclamado de las autoridades municipales la realización de obras de canalización y saneamiento a fin de salvar, con ellas los inconvenientes creados al vecindario con la imprevisión de autorizar construcciones de viviendas dentro del margen inundable del arroyo[16]. (Destacado del autor)
Como vemos, todavía las obras pertinentes son “canalización” y “saneamiento”, el entubamiento no aparece con fuerza aún en la agenda pública.
3. 1938
En esta ocasión y apenas unos años después de las dos anteriores, se presentan nuevos desbordes. De este modo se fue instalando en la sociedad rosarina la idea de que las causas de la inundación podían ser varias, y si la más importante pudo ser el volumen de agua, no debían dejarse de lado otras como, por ejemplo, los desagües, los drenajes y la ocupación irregular de los espacios ribereños. Respecto de los drenajes, se trataba de un tipo de obra de la que hablaba mucho en el medio rural pero que tardó en ingresar en los debates sobre el medio urbano y que razonablemente apareció vinculado al proceso de ocupación de los espacios y de la pavimentación de las calzadas.
En el artículo “El problema de los desagües”[17] se habla de que la pavimentación de las calles facilita el escurrimiento de las aguas hacia los “tubos” del desagüe que están “incapacitados para recibirlo”.
El artículo sería premonitorio, porque unos pocos días después, un nuevo suceso de inundación tendría lugar en la región de siempre.
El arroyo Ludueña que en épocas normales es un delgado hilo de agua, en los últimos tiempos estaba aumentando su caudal en forma peligrosa, como consecuencia de las fuertes lluvias caídas en los últimos tiempos.[18]
A las 7 de la mañana del 28 de abril de 1938, Democracia, anota que “el arroyo empezó a crecer” de tal manera que a las nueve se salió de cauce y comenzó a ingresar en las viviendas construidas en sus costas. Algo destacado también por La capital que señala que la velocidad de la creciente impidió la evacuación de las familias que no hicieron tiempo para ponerse a cobijo.
Las respuestas fueron las de siempre: alojamiento en cuatro vagones del FFCC, a pesar de las quejas por parte de la compañía y ayuda, esta vez de la Municipalidad cuyos carros se desempeñaban con mucha pericia ya que “algunos de ellos habían realizado una tarea análoga con motivo de las inundaciones anteriores”.[19] Lo que nos indica que la misma comunidad iba construyendo una experiencia para optimizar las acciones cuando ocurrieran las catástrofes. Las familias desalojadas fueron al destacamento policial de barrio Larrea y también a la Comisaría de Arroyito. La crónica destaca como rasgo simpático “la contribución de varios vecinos y comerciantes”.
En este artículo, se identifica un nuevo factor que favorece el anegamiento de los barrios: El desagüe del ya mencionado barrio “Vivienda del trabajador” -un barrio cercano de reciente construcción- y “otros desagües” que van al arroyo y nuevamente se menciona el proyecto de entubamiento.
En el mismo diario, pero con fecha 30 de abril se menciona que el Departamento de Obras Públicas de la Municipalidad había realizado estudios sobre la practicabilidad del entubamiento, idea que en primera instancia cedió ante la concreción del proyecto del Parque Ludueña que consistía en una amplia zona parquizada cercana a la desembocadura del Arroyo. La misma nota consigna que de ninguna manera el parque representaría una solución ya que los barrios inundados se ubicaban mucho antes de ese tramo final.
En busca de una respuesta contundente al problema, el gobernador Iriondo envía a funcionarios de la Dirección de Obras Públicas para pensar una “solución total del problema”[20] y propone enviar una ley a las cámaras legislativas de la provincia. La Ley 2693, relacionada a otra ley de emisión de deuda orientada a la obra pública como la Ley N° 2597/38 y a la 2250/32, será aprobada en junio y se expresó dejando amplio radio de acción a las divisiones técnicas del Estado provincial:
ARTÍCULO 1º.- Autorízase al Poder Ejecutivo a construir obras de saneamiento, canalizaciones y desagües pluviales en las ciudades de la Provincia que lo requieran. El estudio, proyecto y dirección de estas obras estará a cargo de la Dirección de Obras Públicas por intermedio del Departamento de Obras Hidráulicas y Desagües.
ARTÍCULO 2º.- Las obras a ejecutarse serán determinadas en cada caso por el Poder Ejecutivo con especificación del barrio o zona a sanear dentro de cada ciudad y río o arroyo a canalizar, rectificar o entubar. Los proyectos de estas obras deberán contemplar los planos reguladores de urbanización que estén aprobados por las respectivas Municipalidades.[21]
Es importante destacar aquí la dimensión política que pudo tener esta acción gubernamental. En todo tiempo y lugar, el equipamiento del territorio lleva de la mano la construcción de un poder sobre el mismo y sobre las personas que lo ocupan. Los gobiernos conservadores de la Argentina lo comprendieron cabalmente, y el gobierno radical de Manuel de Iriondo en Santa Fe tomó también este expediente como una forma eficaz de construir políticamente. El contexto lo ofrece Mariela Rubinzal cuando dice afirma que
uno de los objetivos centrales de estas gestiones conservadoras fue la obra pública. El declive de la democracia constatado en la periódica manipulación de las elecciones llevó a trasladar la legitimidad política al ámbito del saber hacer, de la gestión. Así los conservadores emprendieron importantes proyectos, como la expansión de la red caminera que iba de la mano a un crecimiento notable del parque automotriz. Todas las obras eran comunicadas a la ciudadanía a través del informativo radial de la Dirección de Obras Públicas, que se escuchaba los sábados a la mañana por LT9 Radio Roca Soler. De esta manera, los conservadores procuraban ganar legitimidad política y concitar el apoyo de los santafesinos a través de un dispositivo tecnológico que estaba en pleno auge: la radiodifusión. (Rubinzal 2024)
La ley se promulgaría en el mismo año 1938 y muy pronto se daría comienzo a las obras. Pero también muy pronto las cosas se complicarían.
4. 1940
Como una muestra de que la cuestión del Ludueña no iba a tener una fácil resolución, en diciembre de 1940, una serie de intensas lluvias se despeñó sobre la cuenca y generó el desborde del arroyo en momentos en que se llevaba adelante la obra de entubamiento, lo que generó un daño adicional al habitual, dado que la creciente arruinó gran parte de la obra que se estaba realizando.
Quizás como un artilugio de campaña política para las elecciones que se realizarían el domingo 15 de diciembre, el día 5 de ese mes el diario Democracia ofrece una nota con fotografías a cuatro columnas con el título “El Entubamiento del Arroyo Ludueña Trae la Tranquilidad a Populares Barrios de Rosario”. En la misma se brinda un detallado informe técnico sobre la obra. Es imposible desligar esto de las elecciones a Gobernador.
En la nota se afirma que la magnitud del problema ha impulsado una “solución integral, que descarta las canalizaciones y rectificaciones parciales”[22] que resultan eficaces en ambientes rurales, dividirían propiedades e interrumpirían calles en el medio urbano que el arroyo recorría. Entonces, mientras una sección será canalizada y rectificada, otra será entubada.
Ahora bien, el 7 de diciembre, dos días después de la nota anteriormente reseñada, la tapa de Democracia nos dice “Pavorosas Inundaciones: Todos los Barrios Anegados, Infinidad de Viviendas Destruídas, Cuantiosas Pérdidas”.
No redundaremos en descripciones similares a las de los otros episodios. La crónica nos vuelve a hablar de Bomberos, de Escuadrón de Seguridad, Subprefectura, el Regimiento 11 del ejército, de evacuados espontáneos y organizados, etc. Aparecen sí algunos señalamientos propios de la repetición “muchas (familias evacuadas) son las mismas que vimos en otras ocasiones cuando el Ludueña “alzaba su tono”.
Una idea aproximada de lo que realmente está aconteciendo por el castigado barrio de Arroyito, tan “chirleado” como dijo un viejo criollo, por el Arroyo Ludueña, lo da el hecho de que desde horas de esta mañana están trabajando cuatro lanchas de la Subprefectura marítima, destacamento Arroyito. El propio jefe, con personal a sus órdenes, dirige las múltiples tareas que a cada hora se presentan en el Boedo porteño, como se lo conoce al barrio citado.[23]
El Ferrocarril del Estado facilitó 20 vagones para las familias de Empalme Graneros, los que fueron ocupados en su totalidad. La casa Cura Hnos. prestó galpones para que se albergaran varias familias de Ludueña. El F. C. Cía. General a Buenos Aires, facilitó seis vagones para familias del barrio La República.
El 9 de diciembre, las aguas comenzaron su descenso y los grupos de auxiliares “llevan en botes y carros a hombres y mujeres que van a darle de comer a sus animales, refugiados en los techos” y se habla de lugares donde todavía hay más de 60 centímetros de agua en los hogares y se registran visitas del intendente Repetto y del Gobernador Iriondo.
El 10 de diciembre, se menciona un servicio de ayuda y distribución de víveres para los afectados por la creciente. y ese mismo día se indica que las aguas han vuelto a crecer y aparecen nuevamente “Los bomberos, los soldados del Escuadrón de Seguridad de Caballería, los marineros de la subprefectura del destacamento Arroyito y los obreros de Maestranza”, el corpus estatal habitual para estas emergencias.
El mismo día 12, La Capital brinda profusos detalles de la amplitud de la ayuda a los inundados. La municipalidad y la policía distribuyeron “cientos de raciones”, el Ejército de Salvación repartió 1300 raciones en los dos días “en lugares indicados por la comisaría 11”
El Club Hípico General San Martín ofreció un espectáculo deportivo para recabar fondos
y “servicio médico de emergencia a cargo de sus socios médicos y de samaritanas colaboradoras”. El mercadito “Sol de Mayo” ha hecho llegar a los inundados 50 raciones de carne, la institución “Solidaridad Social” organizó suscripciones públicas y festivales a las que se sumaron el Círculo de Obreros, la Orquesta Sinfónica de Rosario, la Cultural lírica, las emisoras LT1 y LT8, mientras que también se mencionan el Colegio Boneo y la Asociación de Padres y Acción Católica de la parroquia San Juan Evangelista[24]. Sumáronse también la Asociación de Fútbol y la de Basket realizando partidos a Beneficio de los damnificados.[25]
Ratificado esto por el diario La República -que se mostró especialmente mezquino en informar sobre los sucesos ocurridos- que el día 14 afirma que hubo un “apoyo total de la población” y que se brindará nuevo apoyo a las autoridades en la oportunidad presente”.[26]
Las negritas me pertenecen porque es de destacar que en esta ocasión el Intendente de la ciudad -Agustín Repetto, que había sido designado por el gobernador Iriondo hacía unas pocas semanas- demostró un protagonismo mayor a sus predecesores, ya que parece tomar parte de muchas de las iniciativas de asistencia a los inundados, entre las que resalta el pedido al Concejo Deliberante de una partida de 20.000 pesos para ayudar a las víctimas de las recientes inundaciones.[27]
El asunto desaparece por unos días y vuelve a la tinta impresa el 20 de diciembre en el que se marca la actuación de la Municipalidad en la asistencia a los inundados. Gracias a esa nota podemos saber que las raciones repartidas día por medio que llegaban a alrededor de 1.700, consistían en carne, papas, pan y yerba mate.[28]
El 30 de diciembre el Ludueña volvió a crecer y se habla de 250 familias trasladadas, junto a la negativa del jefe de estación Empalme Graneros del Ferrocarril del Estado para facilitar los vagones para alojar a los desplazados. Luego, el tema desaparece de los medios que dedican muchas páginas a los debates sobre el carácter fraudulento de las elecciones.
El impacto social de la tragedia
Hasta aquí, una reseña básica de las crónicas aparecidas en la prensa. Aunque el material es abundante, hemos decidido por razones de espacio y de suficiencia mostrar solamente lo expuesto, dejando de lado una gran cantidad de imágenes muy valiosas y explícitas, en función de las muestras que permitan tomar dimensión del daño ocasionado por los eventos y de las dinámicas sociales que se pusieron en juego.
Si analizamos las coberturas periodísticas de cada uno de los eventos de inundación, veremos que enumeran repetida y exhaustivamente a los actores que se movilizan para asistir a los inundados. Es de destacar que en el último evento la cantidad de noticias y el detalle es cuantitativamente mayor respecto de los episodios anteriores. Esto nos permite pensar que la reiteración de los sucesos de inundación, modificó la percepción que la sociedad rosarina tenía respecto de este fenómeno. A juzgar por lo que comunican los diarios, hay algunos indicios que permiten suponer que la inundación de 1940 abarcó más barrios que las anteriores y también podemos imaginar que el impacto fue mayor porque ocurrió en momentos en que se estaba realizando la obra de entubamiento, que se pensaba como la solución definitiva al problema de los desbordes. De alguna manera la presencia de las aguas arruinando las obras que se encontraban en ciernes, sumado a un volumen superior de agua caída y circulante, puede haber generado un impacto mayor en la comunidad, despertando a actores -sobre todo individuales y de la sociedad civil- que no habían cobrado visibilidad en los eventos anteriores.
Como si el fenómeno “natural” -las lluvias abundantes y el desborde del arroyo- hubiera dejado de ser episódico y, por lo tanto, para esos contemporáneos también dejara de ser natural. Entonces se hizo necesario abordar el tema con otra perspectiva técnica y de gestión, impulsando la realización de obras de alto impacto urbano y económico en las arcas de la provincia. Se trata evidentemente de algo que desde la biopolítica puede ser pensado como el reforzamiento del control sobre un territorio y su población. Es en ese punto en que el agua logra unir la tecnología y la política, como dice Karen Bakker
Water is thus inherently political, not only because it is an object of conventional politics, but also because of its material imbrication in the socio-technical formation through which political process unfold (Bakker, p. 618)
En la medida en que avancen las investigaciones podremos ver desarrollado algo que aquí apenas presentamos, que es el de los tres niveles del Estado interactuando en distintas formas -asistencia económica y logística, proyectos de obra y personal de las distintas reparticiones- para la asistencia de los afectados. También se destaca una cierta participación de la comunidad, a través de algunas organizaciones locales, como Acción Católica, empresas -las ferroviarias fundamentalmente, ofreciendo sus clásicos vagones que además en muchos casos se ubicaban sobre terraplenes inalcanzables hasta para los volúmenes de agua más altos- y también los comerciantes locales. Elencos artísticos oficiales y privados y algunas radios de la ciudad se sumaron a las acciones solidarias en colaboración con la Comisión de Ayuda a los damnificados, dirigida por Guido Castagnino, miembro de una aristocrática familia rosarina.
La construcción de la narrativa tiene una sucesión relativamente sencilla: lluvias - desbordes - damnificados - ayuda.
Ahora bien, sobre esa secuencia los artículos y las crónicas identifican claramente los factores en cuestión, aunque no en el marco de una elaboración teórica. Diferencian los modificables de aquellos que no se pueden modificar; ubicando entre estos últimos razonablemente a la lluvia y entre los primeros una larga lista compuesta por las conductas individuales -uso del cauce del arroyo para fines particulares- y otras relacionadas con la inacción estatal: falta de obras de canalización, dragado o entubamiento, o drenajes de los barrios aledaños; todo esto en el marco general de unas deficientes políticas de organización del espacio, que permitieron la venta de terrenos y la construcción de viviendas en zonas de riesgo. Hasta aquí, los dos primeros puntos: lluvias y desbordes.
Aparecen ahora los damnificados. Aquí el grupo es homogéneo, se los caracteriza como personas “humildes”, “modestas”, “trabajadores” que habitan los barrios “suburbanos”, “periféricos” y hasta “extramuros” que fueron damnificados por los desbordes y evacuados, mencionándose sólo un caso de evacuación forzosa. Sin explicitarlo, de alguna manera se los considerará estafados en su buena fe por empresarios inescrupulosos que accionaron sin control estatal y vendieron terrenos anegadizos.
Luego, la ayuda. Ahí aparece una larga lista de actores -individuales y colectivos, institucionales y espontáneos- que puede dar cuenta del entramado social rosarino del momento: los previsibles funcionarios públicos como bomberos, policías, miembros de prefectura y personal municipal, las grandes empresas -fundamentalmente ferrocarrileras- y pequeños comercios de la zona, compañías de teatro, radios y federaciones deportivas.
Sorprendentemente no hemos podido encontrar en las reseñas la actuación de las vecinales, que fueron un actor de creciente protagonismo en esos años. Quizás nuevas investigaciones sobre los archivos de esas entidades nos den nueva información.
Finalmente, aparece la intervención estatal en gran escala con la obra de entubamiento del Arroyo, algo debe pensarse en la lógica de las grandes obras públicas promovidas por los gobiernos conservadores de la década del treinta, aunque para ello fuera necesario la construcción de un escenario específico: el de una cierta continuidad institucional, algo imposible para el comienzo del período estudiado, pero que pudo darse en 1938 con la gobernación de Iriondo.
Las regiones ribereñas de los arroyos rosarinos eran -y aún lo son- áreas con alto grado de vulnerabilidad. Las inundaciones tomaron forma de desastre, entendidos como una desarticulación -así percibida- de la relación entre un espacio social y sus habitantes, estuvieron presentes durante gran parte del siglo pasado en virtud de las condiciones en que esos espacios fueron ocupados, en parte por una gestión del espacio urbano que sólo se enfocó en facilitar los negocios inmobiliarios privados. Ante la repetición de los eventos, los distintos niveles estatales dispusieron distintas estrategias para paliar los daños, con soluciones que implicaban control sobre los territorios y sobre las poblaciones, mediante la articulación de las ayudas y la asistencia, traslados, políticas de salud enfocadas en las víctimas y también el diseño de ordenamientos territoriales en los cuales las grandes obras de infraestructura fueron un componente fundamental.
Conclusiones
Desde que la expansión urbana de Rosario ocupó su cuenca, los desbordes del arroyo Ludueña afectaron a numerosos pobladores de algunos de los barrios del noroeste de la ciudad. El artículo analiza las inundaciones ocurridas en una secuencia breve, pero intensa, entre los años 1931 y 1940, con especial foco puesto en documentar la forma en que la prensa local cubrió los hechos e indaga, a partir de esas fuentes, algunas dinámicas sociales que se generaron ante cada uno de los eventos.
La recurrencia de los desbordes y el nivel de daño causado, hizo que el tema adquiriera cada vez más repercusión mediática y social, movilizando en cada ocasión a nuevos actores e instalando gradualmente en la agenda pública la necesidad de grandes obras que buscaran resolver el problema en forma definitiva.
La obra efectivamente se completó en 1942. y los diarios celebraban su culminación, mientras lanzaban los mejores augurios para el futuro.
Con esta obra han desaparecido los grandes perjuicios que causaban las periódicas inundaciones del Arroyo, perfectamente conocidos y documentados[…][29]
Los sucesivos desbordes del Ludueña, una historia hasta hoy no abordada desde las ciencias sociales, brindan un buen pie para analizar la narrativa del desastre construida desde la prensa, y ver el lugar que se le dio en ella a las distintas acciones llevadas a cabo por parte de todos los estratos de la sociedad rosarina.
Quedan abiertas múltiples perspectivas de abordaje, que deberán sumar otro tipo de documentación como los informes de obras públicas de la municipalidad y la provincia, la legislación relativa a los arroyos y los debates parlamentarios que permitan ver de qué manera se concebía la relación entre la ciudad y la naturaleza en una ciudad de provincias de una sociedad capitalista periférica como era la Rosario de esos años.
Referencias
Publicaciones Periódicas
Diario La Capital
Diario Democracia Argentina
Diario Democracia
Diario La acción
https://isilegweb.senadosantafe.gob.ar/
Digesto municipal año 1914
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Recepción: 29/09/2025
Evaluado: 08/04/2026
Versión Final: 02/05/2026
(*)Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Investigaciones Socio-Históricas Regionales, (ISHIR, CONICET – Universidad Nacional de Rosario), Rosario, Santa Fe, Argentina. Correo: suarez@ishir-conicet.gov.ar ORCID: https://orcid.org/0009-0002-7272-5273.
[1] La acción 24-1-1931.
[2] La acción, 8-6-1927. Como referencia me permito decir que ese mismo año, un sobretodo salía $59 y la entrada al cine menos de $ 1.
[3] La Capital 11-04-1938.
[4] Democracia Argentina, 23-01-31.
[5] Democracia Argentina, 24.01-1931.
[6] La Capital, 01-02-1931.
[7] La acción, 24-1-1931.
[8] Democracia, 4-4-1931.
[9] La acción 9-12-1931.
[10] La acción, 29-2-1932.
[11] La Capital, 17-11-1931.
[12] La Capital, 29 -11- 1931.
[13] Decreto 188 del 24-11-1914. Digesto municipal del año 1914.
[14] El orden, 30-10-1933.
[15] La Capital, 31-10-1933.
[16] La Capital, 10-11-1933.
[17] La Capital, 9-3-1938.
[18] Democracia, 28-4-1938.
[19] La Capital, 28-4-1938.
[20] El orden, 6-5-1938.
[22] Democracia, 5-12-1940.
[23] Democracia, 07-12-1940.
[24] La Capital, 12-12-1940.
[25] Democracia, 19-12-1940.
[26] La república, 14-12-1940.
[27] La Capital, 12-12-40.
[28] Democracia, 20-12-1940.
[29] La república, 12-4-1942.