Pulido, Aldana; “Entre la espada y la pared. Género, trabajo y consumo en la ciudad de Rosario (1920-1940)”. Cuadernos del Ciesal, Rosario, UNR, Nº 19, 2020, pp. 71-93, ISSNe 1853-8827. https://cuadernosdelciesal.unr.edu.ar/index.php/inicio

 

Entre la espada y la pared. Género, trabajo y consumo en la ciudad de Rosario (1920-1940)

Aldana Pulido(*)

 

 

Resumen

El objetivo de este trabajo es abordar los sentidos y estereotipos construidos en torno a dos identidades femeninas que suscitaron especial interés durante el período de entreguerras en la ciudad de Rosario, esto es: las mujeres vistas como trabajadoras y como consumidoras. Estas identidades se configuraron dentro de la tensión que opone las nociones de trabajo y consumo, y que otorga (aún en la actualidad) sentidos generizados a estas prácticas. Ambas adscripciones - aunque opuestas - se tornaron igualmente incómodas al confrontarlas con las nociones de feminidad y de modernidad imperantes, fueron abordadas en términos de problema y suscitaron una serie de respuestas por parte de los discursos autorizados que podían ir desde la negación o la subvaloración hasta la reprimenda pública, pasando por un despliegue de regulaciones de carácter pedagógico, moral o legal.

 

Palabras clave: Mujeres trabajadoras; Consumo; Estereotipos de género; Rosario.

 

Damned if you do, damned if you don´t. Gender, labor and consumption in the city of Rosario (1920-1940)

 

Abstract

This work will deal with the meanings and stereotypes constructed around two feminine identities that sparked a particular interest during the interwar period in the city of Rosario: women perceived as workers and perceived as consumers. These identities were configured within the tension that opposes the notions of labor against consumption, and that even today still creates a gendered logic for these practices. Both attributions, even if opposed, turned equally uncomfortable when confronted with the prevailing notions of femininity and modernity. They were analyzed as a problem, and the response of the mainstream discourse ranged from denial to dismissal all the way to public chastisement, as well as a battery of pedagogical, moral and legal regulations.

 

Key Words: Worker women; Consumption; Gender stereotypes; Rosario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


(*) Profesora en Historia y Profesora en Economía, Instituto Superior de Profesorado N°3 Villa Constitución (Santa Fe); Becaria doctoral ISHIR/CONICET; Magister en Enseñanza de la Historia (UNR) y Doctoranda en Estudios de Género (UBA). E-mail: aldanapulido@hotmail.com

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Entre la espada y la pared. Género, trabajo y consumo en la ciudad de Rosario (1920- 1940)

Nuevas (in)visibilidades en el espacio público rosarino

 

Las primeras décadas del siglo XX fueron especialmente dinámicas para la ciudad de Rosario. En ellas podemos observar la creciente urbanización, el aumento demográfico y la conformación de un mercado moderno en una ciudad de carácter portuario y comercial (Fernández y Videla, 2001). Nos situamos en el nacimiento de una sociedad de consumo, caracterizada por la ampliación de los mercados y la masificación de la publicidad como instancia clave entre las unidades productivas, las fábricas, y las de consumo, es decir, las familias (Rocchi, 1999).

En consonancia con la profundidad de estos cambios, la sociedad rosarina se complejizó y se volvió más heterogénea; en tanto el espacio público, devenido cada vez más en espacio comercial, se reconfiguró producto de las tensiones no sólo en clave de clase social, sino también de etnicidad y de género. Me interesa ocuparme especialmente de estas últimas, aunque sin olvidar sus intersecciones.

Si retomamos el planteo inicial de Nancy Fraser de su texto ya clásico “Repensando la esfera pública…” (1994), debemos evitar confundir esta esfera, espacio de diálogo y discusión política, con el mercado o con el plano del Estado. No obstante, esos tres escenarios comparten una característica fundamental señalada por la propia autora y por otras teóricas feministas: la exclusión -entre otras omisiones como la de las personas racializadas o los varones sin patrimonio- de las mujeres. Por supuesto, se trata de una marginalización que nunca puede ser absoluta y, muchas veces, se define por su discursividad más que por su materialidad. Con esto no me refiero a que esta exclusión no haya tenido efectos concretos, pues los tenía, como en el caso de la negación del derecho al voto femenino; sino a que, bajo otras modalidades -diferentes a las masculinas-, las mujeres efectivamente participaron de asuntos de índole política, estatal y jugaron un papel fundamental también en los mercados. Por supuesto, esta agencia fue invisibilizada, tutelada o depreciada en la mayoría de los casos.

Considero que en esta contradicción se alojan los sentidos atribuidos a las mujeres en tanto trabajadoras y consumidoras. La sociedad de consumo instalada durante la primera mitad del siglo XX, necesitó tanto a unas como a las otras. En el primero de los casos, la novedad no radicaba en el trabajo femenino, pues como veremos más adelante las mujeres han ejercido tareas de sostenimiento del hogar desde tiempos remotos, sino en la incorporación masiva al trabajo urbano de jóvenes con cierto grado de instrucción, pertenecientes no sólo a sectores populares sino también a capas medias de la sociedad (Dussaillant Christie, 2020). Para el caso del consumo, su asociación con las mujeres fue directa: la ofensiva del mercado y la publicidad


 

 

 

las convirtió en destinatarias predilectas. En su rol de madres, esposas o jóvenes casaderas, el mercado les ofreció todo tipo de bienes y servicios, para proveer el hogar, atender a sus maridos e hijxs y para preservar y acrecentar (o incluso adquirir) mediante el vestuario, el adorno o la cosmética, todos los atributos considerados femeninos: belleza, delicadeza, esbeltez, buen gusto, distinción, etc.

Por supuesto, los trabajos y consumos femeninos fueron ponderados no sólo por el género sino en relación a la clase y la etnicidad. Allí veremos que los sentidos otorgados y las representaciones construidas variaban enormemente: no revistieron la misma consideración las trabajadoras de fábricas que las de tiendas o las maestras; extranjeras y nativas ejercieron profesiones diferenciadas y, del mismo modo, no se midieron con la misma vara los consumos de lujo que los populares. Si el trabajo dignificó a los varones y el consumo de ellos no revistió ningún interés específico, las mujeres y sus prácticas laborales y de consumo fueron observadas especialmente por una sociedad patriarcal que esgrimía ansiedades y temores frente a la presencia cada vez mayor de mujeres en la calle, las tiendas, el transporte público, las fábricas y los talleres. Especialmente, porque tanto el ejercicio de un oficio o profesión como la salida para hacer compras les permitían cierta independencia y la posibilidad de alejarse, al menos un poco, de la constricción de los muros del espacio doméstico.

 

[Mucho más que] Mujeres detrás del mostrador

 

Desde hace décadas, la historiografía, especialmente la historia social, ha hecho cruces con los estudios de género para dar visibilidad al trabajo femenino y derribar los mitos construidos en torno a él. En Argentina, una producción cada vez más vasta da cuenta de la presencia femenina en trabajos urbanos y rurales desde el siglo XIX, aunque con mayor énfasis en el siglo XX. Por razones de extensión y pertinencia, no pretendo hacer aquí un relevamiento exhaustivo de los estudios sobre mujeres trabajadoras, pero sí nombrar algunos escritos significativos que en muchos casos permiten hacer un balance historiográfico de carácter más general y, en otros, conocer las especificidades de las diferentes profesiones y actividades laborales femeninas.

Entre los primeros, encontramos aportes como los de Graciela Queirolo (2006), Valeria Pita (2016) y de Andrea Andújar (2017) o de esta última con Débora D‟Antonio (2020), sobre la historia social del trabajo con perspectiva de género, que nos permiten ensayar un necesariamente dinámico e incompleto estado del arte, alimentado por la constante producción sobre las diferentes profesiones. Desde los estudios tempranos de Mirta Lobato (1990, 1993) sobre las obreras de la industria frigorífica y textil, de Graciela Morgade (1992) para las trabajadoras de la educación o de Dora Barrancos (1998) sobre las telefonistas, la senda se ha


 

 

 

ampliado para iluminar sobre las profesiones sanitarias (Ramaccioti y Valobra, 2010, 2015), el servicio doméstico (Remedi, 2014; Pérez, 2015, 2019; Allemandi 2017), el trabajo administrativo y el comercial (Queirolo, 2014a, 2014b), las maestras (Caldo y Vignoli, 2016), la presencia femenina en las industrias (Ciselli, 2002; Kabat, 2007; Martín y Pasquali, 2018) o el controversial ejercicio de la prostitución como medio de ganarse la vida de muchas mujeres (Guy, 1994; Grammático, 2000; Múgica, 2014). La lista es un brevísimo punteo, pues la producción rebasa ampliamente los antecedentes que nombro aquí, pero permite mostrar un campo que no cesa de crecer desde hace más de tres décadas y que restituye la centralidad de las mujeres ya no sólo para el trabajo reproductivo y de cuidado, sino también para las actividades productivas de diversa índole, las cuales fueron, por mucho tiempo, abordadas desde una perspectiva androcéntrica.

Hallar la presencia femenina en esta variedad de actividades, implicó necesariamente recurrir a nuevas fuentes y revisitar aquellas ya transitadas en un ejercicio a contrapelo. En un libro reciente sobre la temática, Graciela Queirolo expresa:

 

“un desafío notable al incursionar en el estudio del trabajo femenino profesional es volver a examinar y releer fuentes clásicas como son censos, anuarios y compendios estadísticos que visibilizan el crecimiento de las nuevas ocupaciones de las mujeres, y que nos hace pensar -ante una evidencia tan irrefutable como son las cifras- en por qué se ha ignorado por tanto tiempo el trabajo femenino” Graciela Queirolo (2020: 19).

 

Ciertamente, considero que es un planteo de gran validez e intentaré hacer lo propio con las fuentes de las que dispongo para este escrito, no obstante, me gustaría matizar la afirmación anterior recordando que, como plantearon Hernán Otero (2006) para el caso nacional y Diego Roldán (2013) específicamente para Rosario, los censos son artefactos culturales, un tipo específico de discurso que lejos de ser una fotografía de una realidad, tiene diversos grados de opacidad –a veces aún mayores para el caso de las mujeres-, que no escapa a los ánimos sociales del momento en que es realizado y se organiza en torno a categorías analíticas que van variando con el paso del tiempo. Hecha esta advertencia, me gustaría hacer una breve referencia a los censos nacionales de 1914 y 1947, para luego centrarme en el Cuarto Censo Municipal de Rosario realizado durante el año 19261.

 


1 El tratamiento de las fuentes censales no pretende en este caso ser exhaustivo en términos demográficos sino más bien ilustrativo de la situación de las mujeres y, especialmente, de las valoraciones sobre el trabajo femenino.


 

 

 

La búsqueda de las mujeres trabajadoras en los censos, debe realizarse teniendo en cuenta que el trabajo de ellas fue visto como algo transitorio, una ayuda o un complemento al ingreso del varón proveedor para las mujeres casadas o un aporte a la casa familiar en el caso de las solteras; una actividad que no debía eclipsar el destino doméstico y que si bien en algunos casos era reconocida como la oportunidad de ejercitar ciertas facultades adquiridas gracias al mayor alcance de la instrucción escolar, nunca se equiparaba al trabajo del varón, ni en prestigio ni en remuneración.

Dentro de esta concepción más general, los censos nacionales de 1914 y 19472 permiten hacer observaciones interesantes respecto al trabajo femenino. El primero de ellos, tal como expone Otero (2006), muestra cierta condescendencia con las trabajadoras y asocia su actividad con nociones de modernidad:

 

“Este censo ha revelado que en la República existían 1.036.719 mujeres casadas, con más de 15 años de edad, las cuales, en su gran mayoría, viven del fruto que produce el trabajo del marido; sin que esto importe decir que, económica y socialmente consideradas, ellas sean una carga. No! Dentro de la organización de todo pueblo civilizado, la mujer, como lo dice un autor, tiene su base en el hogar, en el que es señora y reina; al hombre corresponde pensar en las necesidades de la familia. Pero, la parte que la mujer toma en la vida económica de las sociedades modernas es por demás grande y tiende cada día a aumentar, en vez de disminuir”.3

 

El escrito sigue con la sorpresa del autor frente a la baja del porcentaje de la población femenina ocupada, que adjudica a errores en el censo previo, y luego un listado de profesiones ocupadas por mujeres que culmina en el siguiente párrafo:

 

“Debemos saludar, pues, como un verdadero progreso nacional, las manifestaciones que acabo de apuntar, porque el grado de independencia que la mujer ha alcanzado en una sociedad, las variadas aplicaciones que ella hace de su inteligencia y de su actividad, así como el respeto y la consideración de que se la rodea, son signos elocuentes de la cultura y del adelanto general”.4

 

 

 


2 Los censos de 1914 y 1947 no desagregan datos respecto a la población femenina y sus profesiones por ciudad, por ello debo remitirme a los datos brindados sobre totales nacionales.

3 Tercer Censo Nacional de Población, Tomo I, p. 252.

4 Tercer Censo Nacional de Población, Tomo I, p. 253.


 

 

 

Finalmente, según los datos del censo, las mujeres representaban el 22% de la población que declaraba una profesión, destacándose en ramas como “Industrias y artes manuales”, “Personal de servicio”, “Instrucción y educación”, y “Comercio”, alcanzando un total de 714.893 censadas. Si tenemos en cuenta la extensión del subregistro para principios de siglo, podemos inferir que el número de mujeres que ejercían un oficio, profesión o actividad como medio de vida, era aún mayor.

 

Imagen 1


Gráfico elaborado por la autora en base a los datos del Tercer Censo Nacional de Población.

 

 

La actitud optimista respecto al trabajo femenino y el énfasis en su registro y discriminación respecto del masculino, menguan notablemente en el Cuarto Censo Nacional de Población, correspondiente al año 1947. Frente a una baja en el porcentaje total de población ocupada respecto a los dos censos anteriores, el documento reza:

 

“(…) esta caída se debe, evidentemente, al diferente criterio seguido en uno y otro censo, para calificar a una persona como perteneciente o no a la fuerza de trabajo. En este último censo (…) se ha excluido, por lo tanto, a las mujeres que atienden los quehaceres propios del hogar, a los estudiantes, y a los que no tiene ocupación (…). La diferencia de concepto de ocupado entre éste y los censos anteriores, se produce especialmente con referencia a las mujeres ocupadas, ya que en 1895 y en 1914 se han registrado ciertos oficios (costureras, lavanderas) en número tan grande, que, evidentemente, denotan que ha faltado precisión en las declaraciones o que, muchas censadas denunciaron como su profesión habitual, actividades que formaban parte de su trabajo de carácter doméstico o que realizadas en algunos


 

 

 

casos para terceros, sólo revestían el carácter de ayuda ocasional, pero no eran la fuente de los recursos familiares”.5

 

A esta declaración, le siguen escasos datos acerca de las mujeres ocupadas, que no se discriminan respecto de los varones, y que establecen, sin desagregar, que en Capital Federal el 31,2% de las mujeres están ocupadas, mientras que en las provincias este porcentaje desciende al 19,9%.6

El censo de 1947 nos muestra, en su discrepancia con el de 1914, cómo el concepto de trabajo y trabajador se ha ido simplificando para adecuarse a la realidad masculina, dando por sentado que el empleo es formal, constante y remunerado, por lo que, el trabajo de las mujeres, informal, sin contratos, por temporadas o esporádico es dejado fuera de la categoría (Dussaillant Christie, 2020) y rebajado al status de ayuda o parte de las obligaciones – siempre femeninas – domésticas, a tal punto de desestimar las voces femeninas que una y otra vez se identifican como trabajadoras.

Dentro del intervalo intercensal podemos encontrar censos en menor escala que complejizan la realidad nacional a la vez que nos permiten acercarnos a contextos regionales o locales. Tal es el caso del Cuarto Censo Municipal de Rosario, levantado en 1926. Si bien su publicación se realizó en medio de una polémica al no obtener la aprobación oficial, pues la cantidad de personas censadas aumentaría la cantidad de concejales, circunstancia inoportuna desde el punto de vista político, sus resultados fueron igualmente publicados (aunque casi una década después) en la Revista de la Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas de la Universidad Nacional del Litoral, con sede en Rosario (Viglione de Arrastia, 2010).

El documento reúne gran cantidad de datos respecto a la situación femenina: porcentaje sobre la población masculina, edades, nivel de instrucción, profesión, procedencia y estado civil, cruzando estas clasificaciones para darnos una imagen bastante completa de la sociedad rosarina promediando la década de 1920. Según la publicación, la ciudad contaba con 407.000 habitantes, de los cuales el 45% eran extranjerxs, las mujeres ascendían a 196.579 mientras que los varones contaban 210.421. Era una ciudad joven, en crecimiento, donde predominaban las personas solteras por sobre las casadas o viudas. Respecto a las mujeres, no sólo existía una enorme proporción de niñas y mujeres jóvenes, pues el 78% de la población femenina tenía menos de 40 años, sino que también habían alcanzado grados de instrucción significativos, dándose los mayores índices para las mujeres argentinas solteras y los menores para las extranjeras viudas.


5 IV Censo General de la Nación, Tomo 1, p. LXXXVIII.

6 IV Censo General de la Nación, Tomo 1, pp. LXXXIX XC.


 

 

 

Imagen 2


Gráfico elaborado por la autora en base a datos del Cuarto Censo Municipal de Rosario.

 

 

Imagen 3


Gráfico elaborado por la autora en base a datos del Cuarto Censo Municipal de Rosario.

 

 

Respecto a la profesión, si restamos del total de mujeres aquellas menores de 14 años sin profesión, obtenemos que el 26% de las mujeres declaraba una actividad, aunque el porcentaje variaba ampliamente si se trataba de mujeres solteras o casadas, extranjeras o argentinas. Dentro de las mujeres sin profesión, el 57% corresponde a extranjeras y el 40% a extranjeras casadas. Como tendencia general, podemos observar en las figuras 3, 4 y 5, que las mujeres solteras, rosarinas y argentinas, son las que corresponden a los mayores grados de instrucción, empleo y


 

 

 

patrimonio. Por el contrario, las mujeres extranjeras, y especialmente las extranjeras casadas tienen menores niveles de instrucción, propiedad y se desempeñan en profesiones tradicionalmente desjerarquizadas como el servicio doméstico.

Un anexo hacia el final del documento, titulado “Censo de comercio e industria”, nos permite distinguir entre empleadas y obreras. Aunque no especifica la diferencia entre unas y otras, infiero que las últimas se encontraban en contacto directo con la producción. Cabe recordar que la cuestión de las obreras y especialmente de las madres obreras, revistió una preocupación social especial, al punto de preocupar al Estado nacional lo suficiente para sancionar, unos años más tarde, una ley específica para su protección (Lobato, 1997), por lo que, dentro de las ocupaciones femeninas, la de obreras era una de las más polémicas. No obstante, esta preocupación no se traducía en medidas que las equipararan a sus compañeros varones, el censo de 1926 muestra las diferencias salariales entre mujeres y varones: la jornada de ellas promediaba los $2, mientras que la de ellos se retribuía con $5. La figura 6 ilustra sobre la presencia femenina en casi todos los ramos, aunque en una proporción mucho menor a la masculina, no obstante, los datos del censo de industria no se condicen con los de población, donde un número mucho mayor de mujeres declaró actividades laborales; considero que esta diferencia puede deberse en gran parte a la informalidad del trabajo femenino.

 

Imagen 4


Gráfico elaborado por la autora en base a datos del Cuarto Censo Municipal de Rosario.


 

 

 

Imagen 5


Gráfico elaborado por la autora en base a datos del Cuarto Censo Municipal de Rosario.

 

 

Imagen 6


Gráfico elaborado por la autora en base a datos del Cuarto Censo Municipal de Rosario.


 

 

 

 

En contextos como el de Buenos Aires o Rosario, la gran presencia de mujeres jóvenes, que accedían a la educación y el trabajo fuera del hogar, despertaba una serie de temores y ansiedades, propios de una sociedad patriarcal, que se expresaban en productos de la cultura de masas como la prensa periódica, las letras de tango, películas y narraciones de folletines y revistas, entre otras; una de las temáticas más comunes que abordaban era la de la mujer perdida, que abandonaba una vida simple al dejarse seducir por tentaciones materiales y sentimentales, y terminaba corrompida (Karush, 2013). “La costurerita que dio aquel mal paso” (1910) de Evaristo Carriego o “La vendedora de Harrods” (1919) son ejemplos de relatos que advertían a las mujeres de la caída en la sexualidad y las consecuencias morales de sus comportamientos (Sarlo, 2011; Karush, 2013). A estas lecciones en clave ficcional, se le sumaban las rígidas medidas que tomaban las familias tanto de clases acomodadas como trabajadoras para restringir los comportamientos de sus hijas y evitar, por ejemplo, que se desplazaran solas por la ciudad; a pesar de la insistencia, finalmente las normas sociales terminaron relajándose y las mujeres accedieron a mayores libertades (Barrancos, 1999).

No obstante, el temor a las conductas sexuales de las jóvenes no era el único motivo de desconfianza cuando ellas se convertían en trabajadoras. Otro motivo de desaprobación se relacionaba con el destino que ellas daban a sus salarios, especialmente cuando lo gastaban en consumos superfluos o pequeños lujos, ya que cualquier exceso las convertía en moralmente reprochables (Tossounian, 2020). Relatos de circulación local, también dan cuenta de estos resquemores respecto a las jóvenes trabajadoras: en 1934, la revista rosarina ilustrada “Monos y monadas” publicaba una narración titulada “Quejas de un enamorado a una chica moderna”. En ella, presentada como muchos otros contenidos destinados al público femenino, en formato epistolar (Pulido, en prensa), Carlos exponía los malestares que le producía que su prometida no sólo trabajara, sino que tuviera un salario igual o mayor al suyo:

 

“Sentías aquella noche evidentemente una satisfacción enorme al acentuar tu indiferencia económica, lo espléndido que era para mí, casarme con una chica cuyas entradas eran tan altas como las mías, y tanto hicistes (sic), querida, que comencé a preguntarme si en realidad era aquello tan espléndido y maravilloso.

¿No hubiera sido mucho mejor, preguntábame que tú, mi querida hubieses sido una chica pobre, pero que se conformara con vivir de lo que yo gano para los dos?”.7

 

 

 


7 Monos y monadas, Rosario, 17/08/1934, p. 49.


 

 

 

La carta pone en palabras lo amenazados que resultaban los roles de género tradicionales, con un varón que no podía encarnar el papel de proveedor de antaño y con una mujer que, alejada de la realidad doméstica, parecía no necesitar un partener o una tutela masculina para su sostenimiento y que, en cambio, era capaz de desafiarlo explícitamente.

 

Mujeres delante del mostrador

 

Como expuse antes, si bien existía una creciente presencia femenina en actividades laborales de toda índole en las ciudades más dinámicas del país, entre ellas Rosario, la misma fue invisibilizada, subvalorada y objeto de múltiples consideraciones morales que podían comprobarse desde las regulaciones estatales destinadas a la protección de las mujeres, hasta una serie de productos culturales que continuamente las advertían de los peligros que conllevaban sus nuevas libertades. No obstante, las mujeres no eran sólo reprensibles por trabajar, sino también por cómo y en qué gastaban sus ingresos, es decir que su rol como consumidoras también fue duramente criticado.

Inés Pérez (2016) se basa en Joanne Hollows para explicar cómo el trabajo y el consumo entran en una división binaria y generizada: mientras la producción pertenece al mundo masculino, es activa y dignificante; el consumo se considera femenino, pasivo, superfluo y trivial. Cada vez más lecturas, especialmente desde los estudios de género, se han propuesto desmontar estos sentidos y mostrar que las prácticas de consumo implican no sólo un conjunto de habilidades, sino que también se relacionan con la sociabilidad y las posibilidades de agencia de las mujeres. Estudios para el caso de Santiago de Chile (Dussaillant Christie, 2011), Buenos Aires (Guy, 2016, 2018), Tucumán (Crusco, 2018, 2020) y también para la ciudad de Rosario (Caldo y otros, en prensa) llegan a conclusiones similares al exponer cómo el consumo, ya fuera material o simbólico, vinculado a las necesidades más básicas o de carácter cultural, implica un lugar activo por parte de las mujeres, las pone en vínculo con otros y otras, y forma parte de la conformación de identidades de género.

En las primeras décadas del siglo XX, las grandes tiendas de franquicia extranjera como Harrods, Gath & Chaves o nacionales como La Favorita (esta última con presencia únicamente en Rosario), no sólo fueron espacio de desempeño laboral femenino, sino que también se configuraron como el lugar privilegiado para los consumos urbanos de los sectores medios y altos. Allí, las mujeres no sólo podían comprar artículos de diversa índole en cada piso o departamento, sino que tenían la oportunidad de socializar en sus salones de té o restaurantes, donde además de disfrutar de la gastronomía se realizaban eventos filantrópicos y sociales. La Capital lo expresaba claramente:


 

 

 

 

“Nos parece innecesario advertir que con motivo de la exposición de otoño e invierno de que nos ocupamos, La Favorita es el punto obligado de reunión de nuestra sociedad más distinguida, la que a la vez ha consagrado como lugar de

„elite‟ el salón de de la casa, cuya fama se acrecienta día a día”.8

 

 

La tienda departamental no sólo era un lugar para comprar, sino también para el encuentro social. Por supuesto, esta invitación tenía limitaciones de clase, por lo que no todos podían participar de su espacio, empero, concentraba un público mayormente femenino. En la figura 7, puede observarse una gran cantidad de mujeres en un desfile de modas realizado en el mismo espacio; ocasiones como esa revelaban la posibilidad de un tejido de sociabilidad femenina, un entre-mujeres – de determinados sectores sociales - que se daba en el espacio de la tienda, es decir, un escenario de consumo.

No obstante, como demostró Donna Guy (2018) respecto a Harrods, muchas veces la sociabilidad le ganaba la batalla a este último, pues los ingresos de las ventas de artículos se veían ampliamente superados por los de los cafés y restaurantes, lo que prueba que las mujeres, más que ir de compras, muchas veces priorizaban la salida con sus congéneres.

 

Imagen 7


 

8 La Capital, Rosario, 01/05/1929.


 

 

 

 

Desfile de modas en La Favorita, c. 1930. Colección Museo de la Ciudad.

 

 

Como en el caso del trabajo femenino, considerado algunas veces parte de la modernidad y el progreso nacional y, otras, una causa más del deterioro moral de la sociedad, el consumo femenino también estuvo rodeado de un halo de ambivalencia.

Por un lado, se presentaba como una salida conservadora frente a la presencia femenina en las calles, asociadas en el imaginario a la prostitución. Como parte de los quehaceres de la domesticidad, las compras se encontraban dentro de las actividades cotidianas vinculadas al sostenimiento del hogar. Además, se vinculaban con la idea de mujer moderna, que debía ser una profesional de la crianza de los niñxs y una ama de casa instruida en labores (Nari, 1991) y que, por lo tanto, debía proveerse de artículos, revistas o clases prácticas, que le permitieran ejercitar habilidades como costura, decoración, cocina, etc. y acrecentar sus conocimientos en ciencia doméstica.

La figura 8, muestra una fotografía de la presentación de Petrona C. de Gandulfo en 1936, cocinera y ecónoma, en una conferencia culinaria a sala repleta en Rosario. Figuras como la de Petrona trascendían la mera enseñanza práctica, para convertirse en referentes de feminidad que aportaban al proceso de formación de subjetividades femeninas (Caldo, 2006). La enorme convocatoria, muestra cómo ciertos consumos femeninos obtenían el beneplácito social al no atentar contra los roles de género asignados.

Aunque esta clase de consumos, vinculados a la domesticidad o las nociones imperantes sobre feminidad, estuvieran mejor vistos o incluso fueran alentados por medio de la publicidad, no significaba que estuvieran completamente libres de prescripciones. En 1929, una nota en la sección “Notas de interés para la mujer” del diario La Capital, titulada “Divagaciones sobre el eterno tema…” se preguntaba:

 

“¿Qué cantidad debe invertir una mujer por año, en sus vestidos? Mi contestación a esta pregunta es la siguiente: gástese la menor cantidad posible con el mayor rendimiento posible. Pero, la verdadera contestación debe ser la que sigue: Hágase un presupuesto que esté completamente al alcance de los medios de que se dispone y circunscríbase a ese presupuesto”.9

 

 

 

 

 

 


9 La Capital, Rosario, 10/03/1929.


 

 

 

Imagen 8


Presentación de Petrona C. de Gandulfo en la ciudad de Rosario. Colección Museo de la Ciudad.

 

 

Desde el título podemos observar que el consumo femenino no es algo dejado al azar, sino un tema recurrente de discusión y que, además, requiere planificación por parte de las mujeres. Es más, la autora de la nota utiliza una frase, al hablar del limitado tiempo que posee, que resulta interesante resaltar: “cuando empiezo a comprar, dedico pocas horas, pero durante ellas trabajo intensamente10. En estas pocas palabras, la división binaria del trabajo y el consumo parece estallar, pues este último requiere anticipación, atención, proyección y eficiencia. Con todo, el reconocimiento del carácter activo del consumo sólo se hace en favor de recordar a las mujeres que debían ser mesuradas y organizadas, y no malgastar ni dinero ni tiempo en su salida de compras.

Otro tipo de consumos femeninos se presentaban bastante más problemáticos y difíciles de encauzar. Como expuso Cecilia Tossounian (2020) la figura de la flapper (de origen estadounidense), fue extremadamente popular en la década de 1920 y encarnaba a una muchachita moderna, cuyo aspecto característico eran la melena, los vestidos y adornos, y que exhibía un comportamiento signado por el consumo frívolo y ostentoso, sus coqueteos sin


10 Ibidem.


 

 

 

compromiso y su presencia en fiestas, fumando o bebiendo alcohol. Si bien en nuestro país, muchas voces se alzaban afirmando que las argentinas no eran flappers, y que sus conductas eran recatadas y prudentes, lo cierto es que también aquí funcionaba como una figura identificatoria para las mujeres. Rosario, con una vida social plena de fiestas y reuniones, daba muchas oportunidades de encontrar jóvenes más similares a las estadounidenses de lo que se estaba dispuesto a admitir (Figura 9).

 

Imagen 9


Gala en la sede del Jockey Club, c. 1930. Archivo del Jockey Club Rosario.

 

 

Cuando el consumo femenino, además, se volvía especialmente ostentoso, como en el caso de las clases altas, se convertía en motivo de reproche moral no sólo por su relación directa con los estereotipos femeninos, sino también porque se inscribía en un cuadro de identificaciones de clase que era común en el período de entreguerras: la oposición entre ricos y pobres, donde los primeros eran asociados con la decadencia, el egoísmo y la superficialidad, y los segundos con la simplicidad, la reserva moral y el verdadero espíritu nacional (Karush, 2013). Una tapa de la revista Monos y monadas (figura 10), correspondiente al año 1935, parece especialmente ilustrativa al respecto: una mujer elegante, llena de joyas y ornamentos, sale de una iglesia ignorando a dos mendigos, de los cuales al menos uno, con seguridad, es varón. La crítica se esboza no sólo en términos de clase, pues la revista no representaba a la más alta burguesía


 

 

 

rosarina (Caldo y otros, en prensa), sino también de género, pues se ha decidido representar el consumo, la frivolidad y el egoísmo en un cuerpo femenino.

 

Imagen 10


Imagen de tapa. Monos y monadas, 22/11/1935.

 

 

Como en el relato de Carlos, el enamorado, que cerraba el apartado anterior, nuevamente la posibilidad de que las mujeres accedan a objetos de valor, se vuelve rápidamente amenazante, motivo de abandono de la simplicidad y pureza de la pobreza – el enamorado se preguntaba si no sería mejor que su prometida fuera una muchacha pobre - para caer en la ambición, la hipocresía y el derrumbe espiritual, propio de las clases más altas, que aparece aún más resaltado en el caso de la imagen de tapa, puesto que la mujer sale de la iglesia ignorando a su prójimo. Tampoco es casual que los necesitados sean varones, pues esto discurre por líneas similares a las narraciones presentes en tangos o películas, donde el protagonista es un hombre pobre que se enamora de una mujer fuera de su alcance, o que es abandonado en favor de un pretendiente más adinerado. El varón humilde aparece como la opuesta moral a la flapper, o a la ambiciosa mujer que proviene de la clase alta o que aspira a pertenecer a ella.


 

 

 

A modo de conclusión: identidades y sociabilidades incómodas

 

El período de entreguerras fue especialmente dinámico en la ciudad de Rosario, significó la definición de su carácter urbano, una explosión demográfica y un acompañamiento necesario - aunque insuficiente - en la estructura de vivienda, transporte y obra pública. Este crecimiento material fue acompañado por transformaciones en el plano social que dieron paso a una sociedad de consumo caracterizada por la expansión del mercado y la publicidad. Se desarrolló entonces una cultura de masas, con la posibilidad de consumir toda una serie de nuevos productos: radio, películas, folletines, revistas, etc. Los lugares de la sociabilidad se multiplicaron: bares, teatros, cines, salones de té, clubes étnicos y deportivos, y los parques se volvieron lugares de encuentro donde pasear, ver y ser vistos. Por supuesto, este clima de época no fue vivenciado de la misma forma por ricxs y pobrxs, extranjerxs o naturalxs, varones o mujeres.

Para estas últimas significó en términos generales, mayor presencia en el espacio público, en el sistema educativo y una incorporación más notoria al trabajo urbano. Y aunque si bien el mercado buscó atraerlas a todas, lo cierto es que los niveles de consumo de clases burguesas y trabajadoras diferían enormemente.

Las primeras pudieron alcanzar mayores niveles educativos, asistir a clubes de renombre, vestirse a la moda, frecuentar a otras mujeres y varones de su entorno y ejercer profesiones bien consideradas como las liberales o las vinculadas a la educación o al arte. Para las jóvenes de estratos sociales más bajos, la educación fue más rudimentaria, las posibilidades de acceder a objetos de consumo eran menores, y muchas de ellas tuvieron trabajos de menor estima social como ser personal doméstico u obreras. Su procedencia también impactaba en sus posibilidades, las extranjeras fueron una parte significativa de las mujeres sin instrucción, que no poseían una profesión y que se empleaban como mucamas, obreras o empleadas de comercio.

No obstante, mi objetivo en este trabajo fue mostrar cómo, intersectadas con las diferencias de clase, se encontraron – y a veces más extendidas- las diferenciaciones de género. En primera instancia, su presencia en el espacio público, comercial y laboral, fue objeto de prescripciones morales, limitaciones e invisibilización. En segundo término, los discursos que circularon en torno a las mujeres, tanto al considerarlas como trabajadoras o al verlas como consumidoras, fueron, en su mayoría negativos, estereotipados y perpetuadores de la desigualdad de género.

El trabajo femenino fue desaconsejado, visto en inferioridad respecto al masculino - en términos de ayuda o complemento - y mal pago, pero además fue objeto de suspicacias por el lugar de visibilidad y los márgenes de libertad que otorgaba. Las trabajadoras debían ser precavidas, evitar caer en las trampas de varones ricos, mantener la moral, cuidar sus conductas sexuales,


 

 

 

ser frugales en sus gustos y sus gastos. Y, sobre todo, priorizar sus roles de esposas y madres, y abandonar sus actividades laborales apenas estas interfirieran con aquellas.

Parecería que, si las mujeres debían ausentarse del primer término de la ecuación, el del trabajo, pues este era prerrogativa masculina, entonces podrían ejercer con tranquilidad su rol de consumidoras. Pero lo cierto es que no, ellas se encontraban entre la espada y la pared. Sus consumos tampoco escaparon al escrutinio moral, una multiplicidad de discursos intentó, primero, encausarlos hacia aquellas áreas menos polémicas. Se estimuló el consumo de artículos para el hogar, objetos vinculados con la maternidad, revistas, clases, recetarios, manuales de urbanidad, y también de moda y cosméticos, aunque estos últimos siempre en su justa medida pues la belleza formaba parte de las obligaciones femeninas, pero dentro de ciertos límites. En segundo lugar, luego de prescribir consumos adecuados, se advirtió y condenó todos los que podían volverse disruptivos: el de alcohol o cigarrillos -al estilo de las flappers –, el de maquillajes o perfumes que podían usarse para la seducción, el de vestimenta ostentosa o el de folletines o literatura erótica que despertaban pasiones que iban contra la moral sexual de la época. Si la mujer cedía a sus tentaciones gastando sus propios ingresos o, de acuerdo al estereotipo, los ingresos del marido, bien podía terminar abandonada, corrompida o alejada de la verdadera feminidad, definida por el amor y el cuidado hacia los otros, hasta convertirse en un ser frívolo y desalmado.

Las sociabilidades que se tejieron alrededor de los trabajos y los consumos femeninos, fueron igual de incómodas y vigiladas. Tanto al salir de compras como al cumplir sus obligaciones laborales, las mujeres se vistieron especialmente, transitaron por la ciudad, tomaron el transporte público, miraron y fueron objeto de miradas, charlaron con otras mujeres, pero también con varones, almorzaron en el descanso del mediodía o cerraron la jornada en un salón de té o un copetín al atardecer junto a colegas o amigas, conocieron personas e iniciaron nuevos vínculos. Un abanico de posibilidades se abría frente a ellas, el mismo que producía tantos temores y ansiedades, lo suficientemente intensos como para aparecer en notas de diarios, revistas femeninas, argumentos cinematográficos, letras de tango y ficciones varias casi diariamente.

 

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Recepción: 19/05/2020 Evaluado: 04/08/2020 Versión Final: 02/09/2020