Arcón de Clío

El Libro del Rosario: un álbum para recordar el bicentenario

 

En el año 1925 la burguesía de Rosario, a través de su elite política decidió festejar sus logros, para ello trató de establecer una fecha de fundación. La iniciativa se planteó en marzo de 1924, en el seno del Concejo Municipal, el autor fue el concejal Calixto Lassaga[1]. La idea era designar el día oficial de la ciudad, y encontró la ocasión propicia para dar crédito a la versión que daba Pedro Tuella, un escritor que residió en la zona en la época colonial. Esta versión adjudicaba la “fundación sin acta” al encomendero Francisco de Godoy, quien se habría asentado en un paraje cercano al Rosario, junto con indios calchaquíes, en 1725. La propuesta servía para justificar una celebración, en escala más modesta, análoga a la del Centenario de 1910 en el ámbito nacional.

La intendencia realizó una consulta a la Junta de Historia y Numismática, que a su vez la remitió al jefe del Archivo General de la Nación. Este emitió un dictamen en el que declaraba no haber encontrado documentación fehaciente que demostrara la fundación de Godoy. Más aún, manifestaba la ausencia de cualquier documentación sobre el tema, pero se aventuraba a afirmar que Rosario fue fundada alrededor de 1730, con el nombre de Los Arroyos, como destacamento militar.

Este dictamen fue discutido por Rómulo Carbia, quien admitía que la villa efectivamente nació con el asentamiento de Francisco de Godoy, pero de fijar una fecha, había que hacerlo cuando se estableció definitivamente con la creación del curato el 23 de octubre de 1730 (Frutos de Prieto, 1984).

En la polémica intervinieron otros miembros de la Junta como Martiniano Leguizamón, y el director del archivo histórico de Santa Fe, Félix Barreto, todos argumentando en contra de la propuesta de Lassaga, proponiendo distintas fechas y años, pero no 1725.

Juan Álvarez, quien ya era una figura intelectual de renombre,  intervino a finales de 1924, como señala Marta Frutos de Prieto, intentando cerrar el debate. El autor de Las Guerras civiles argentinas entendía que no había necesidad de buscar un fundador, aunque consideraba legítima la creación de un onomástico. Se trataba, a su juicio, de una decisión política, que no necesitaba de la legitimación científica de los historiadores.

La continuidad del proyecto de Lassaga fue retomada al año siguiente por otro concejal, Antonio Cafferata, que resignificó la hipótesis y propuesta de Lassaga, a partir de los archivos eclesiásticos. En ellos verificó que había un capellán en Los Arroyos, en una capilla que se llamaba Nuestra Señora del Rosario, en 1726, por lo tanto era posible que un año antes la hubiese fundado Francisco de Godoy. Sin embargo, y atento a que el hecho fundante fue la capilla, propuso como fecha, precisamente el de la Virgen del Rosario (Consejo Deliberante, 1925, p. 27).

Los festejos del “Bicentenario” se llevaron adelante en octubre de 1925, organizados por una comisión presidida por Calixto Lassaga. Asistió el presidente de la Nación, Marcelo T. de Alvear, el Gobernador de la Provincia Ricardo Aldao y el Intendente Manuel Pignetto. Como en los festejos del Centenario, hubo desfiles cívicos y participaron básicamente todas las instituciones de la elite local, como el Jockey Club, el Aero Club, la Bolsa de Comercio, y la Liga Patriótica.

Al año siguiente fue publicado el Libro del Rosario, que es la fuente elegida en esta sección. Allí encontramos notas alusivas a la ciudad y una crónica pormenorizada de los festejos. A pesar de ser un libro de homenajes, no contiene ningún panegírico de la figura de Francisco de Godoy. Al contrario, un artículo firmado por Miguel Pereyra plantea la hipótesis de la formación de la villa a partir de las mercedes que se le otorgaron a Luis Romero de Pineda. Sin embargo, al final de su artículo plantea que:

Cuando no existe la perfecta concordancia de ideas en los hechos históricos por falta de documentos, es necesario cortar el nudo gordiano. Esto ha ocurrido con la fecha y el fundador de la gran urbe.

Ya lo tenemos consagrado.

El 4 de octubre, de la nueva centuria, la maravillosa ciudad, con millones de habitantes, festejará con pompa inucitada (sic) el tercer centenario de su fundación[2].

 

Este último párrafo parece casi profético a la luz de la iniciativa municipal del año en curso de festejar precisamente el Tricentenario

Otro ejemplo de esta “contradicción” lo vemos en la crónica consagrada al relato de los actos oficiales: “Engalanada con sus mejores atavíos, celebró la ciudad el segundo centenario de su incierta fundación”.[3]

Después de este principio que daría por tierra con la legitimidad misma del festejo empieza a plantear los lugares comunes que conforman la identidad ciudadana, la ciudad–puerto, el ferrocarril: “Vivimos en la ciudad del Trabajo. Toda una masa enorme dedica aquí sus energías a las actividades más nobles y fecundas”.

Esta idea de ciudad del trabajo y del progreso la vemos también  en la poesía que  se produjo a propósito de los festejos. Allí se destacan dos poemas dedicados a la ciudad, uno de Vicente Medina, que muestra los deseos de grandeza de la ciudad que están puestos en la cultura, dando por sentado el enriquecimiento material. Esta cultura estaría en la universidad y en el ornato que sería deseable que tuviera. El otro poema, de Emilio Ortiz Grognet, plantea los mismos temas del progreso y el trabajo, a los que le agrega el ignoto origen y el río, como reconocimiento del paisaje natural. Una ciudad abierta, tolerante, rica, generosa, independiente. La ciudad del trabajo, con escuelas en vez de cárceles, bien cuidada y posible ejemplo.

Juan Álvarez, dio una nota discordante con el tono de festejo del libro, publicó un artículo titulado Las cosas que ensucian nuestro cielo. Allí plantea la necesidad de prestar atención a los efectos que podía ocasionar el progreso desde el punto de vista estético:

Está haciendo falta una oficina municipal encargada de la limpieza del cielo. Cuidamos el pavimento y los edificios y las plazas; mas nadie parece notar que en estas ciudades nuestras, chatas y desprovistas de carácter, nada supera en belleza a las fugitivas combinaciones de blanco, azul, rosa y oro que colorean la transparencia del espacio. Sol y nubes: he ahí los grandes elementos decorativos de la llanura argentina. Bastaría alzar la vista para gozar del espectáculo; pero entre el polvo, el humo y los alambres aéreos, vamos en camino del arruinar estos admirables cielos nuestros, que Darwin reputaba los mejores del mundo.[4]

 

Además de criticar algunas consecuencias no deseadas del progreso, deja entrever una búsqueda análoga a la de los ideólogos del “Bicentenario”, la de una particularidad para la ciudad. La pobreza del paisaje llano, sería compensada con el color del cielo, belleza poco apreciada en la ciudad, más afecta a apreciar las bellezas artificiales: “...Hay entre nosotros una especie de ceguera por las bellezas naturales y un correspondiente exceso de acuidad por las artificiales aun cuando haya de buscárselas en el salón de los cinematógrafos”.[5]

La demostración de esta forma de vivir la ciudad la ejemplifica con la actitud de sus habitantes frente al río:

 …Ciñe por dos rumbos al Rosario y ofrecería gratis a los habitantes el panorama de nácar de las aguas en un marco de bellas barrancas doradas; pero lo hemos tapado con galpones de cinc y ya no se le ve desde las calles centrales. Muchos vecinos pasan años sin acercarse a los muelles y hasta sin sospechar que estén viviendo en el primer puerto interior de la América del Sur. No conocen ni aman al río causante de su bienestar.[6]

 

Evidentemente, para Álvarez estaba claro que la ciudad festejaba sus realizaciones como ciudad; en la Historia de Rosario rememorará, en 1943, la febril maratón de actividades a las que sometieron a la población y al propio presidente Alvear

…Te Deum, banquete, representación en La Opera del poema “Raquel”, fuegos de artificio en diversos barrios, colocación de piedras fundamentales para una gran estación ferroviaria y el edificio del correo y el stadium municipal y la Sociedad protectora de la mujer y la Clínica del trabajo y la colonia de vacaciones de Carcarañá y el monumento a Rivadavia y el museo de ciencias y artes y una nueva sala en el hospital Rosario… El presidente de la república, sofocado, resistíase a colocar tanta piedra. …[7]

 

Continúa con la narración y remata con una frase irónica: No sé si olvido algo. ¡Y todo esto, conmemorando una fundación imaginaria! Rosario festejaba en realidad su vigoroso desarrollo, su bien logrado presente”.[8]

La cita es una excelente síntesis del sentido del Bicentenario, coincidente con los análisis de historiadores contemporáneos como Diego Roldán (Roldán, 2010, pp. 171-180) y Natalia Milanesio (Milanesio, 2004) y reafirma que Álvarez había considerado legítimo el festejo independientemente de la existencia o no del onomástico. Los escritores y periodistas que intervinieron en los festejos, y escribieron en el Libro del Rosario, utilizaron este espacio para también realizar sus críticas a la idea de ciudad “fenicia”, y plantearon sus demandas de un mayor espacio para la cultura letrada. 

 

Bibliografía

Frutos de Prieto, M. (1984), La polémica fundación de Rosario. Su historiografía. Rosario: Editorial Fundación Ross.

Álvarez, J., Las cosas que ensucian nuestro cielo. En Ricardones, N., Velloso Colombres, M. J. y Torres Portillo, J. (1926) El Libro del Rosario, s/l s/ed.

Álvarez, J. Historia de Rosario (1943). Buenos Aires: Imprenta López.

Concejo Deliberante (1925) Segundo Centenario del Rosario. Antecedentes sobre la designación del día oficial para celebrarlo. Rosario.

Milanesio, Natalia, (2024) Del poblado precario a la ciudad opulenta: representaciones del pasado urbano y debate historiográfico en la década de 1920 en torno al surgimiento de Rosario. En Dávilo, B., Germain, M., Gotta, C., Manavella, A. y Múgica, M. L.: Territorio, memoria y relato, Tomo III. Rosario: UNR EDITORA.

Ricardone, N., Velloso, M. J. y Torres Portillo, J. (1926) El Libro del Rosario. S/Ed.

Roldán, D.P. Celebrar la ficción y ampliar la política. En Roldán, D. y Barriera, D. (2010), Instituciones, Gobierno y Territorio: Rosario, de la Capilla al Municipio (1725-1930); Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)/ Investigaciones Socio-históricas Regionales (ISHIR). Universidad Nacional de Rosario.

 

 

Mario Gluck

Universidad Nacional de Rosario (UNR)

Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER)

 



[1]Abogado y político conservador de una dilatada actuación pública, futuro miembro de la Junta de Historia filial Rosario, junto con Juan Álvarez.

[2] Ricardone, Velloso Colombres y Torres Portillo, 1926, s/pág, s/l, s/ed.

[3] Ídem, s/pág.

[4] Álvarez, 1926.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem

[7]Álvarez, 1943, p. 607

[8]Ibídem. El resaltado es nuestro.